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Pedro J. García

Pedro J. García


¿Estamos a setas o a Rolex?

22/04/2022

El cese de la obligatoriedad del uso de la mascarilla en espacios interiores, con sus matices, es lo más parecido a lo del chiste en el que uno le pregunta a otro si están a setas o a Rolex. Imaginemos el pasado miércoles, día en el que entró en vigor la medida, a un trabajador de una empresa privada. Sale tan contento de casa y, camino del trabajo, entra en un bar para tomar café. El establecimiento está lleno, pero él, harto del cubrebocas, se sienta en la barra, junto a otros clientes, luciendo su sonrisa. Sale a la calle, liberado, pero la alegría se le acaba al llegar al trabajo, porque los responsables en materia de riesgos laborales decidieron que en su centro de trabajo, pese a que la distancia entre compañeros es mayor que la de la barra del bar, sí hay que usar el tapabocas. 
Pasadas unas horas, sale a desayunar y, nuevamente, en un concurrido establecimiento hotelero, puede desprenderse del añadido que luce en su cara. Vuelve al trabajo y, de nuevo, mascarilla al rostro, hasta que finaliza la jornada laboral y acude con un grupo de amigos a un conocido restaurante para celebrar una comida pendiente. Allí están una docena de colegas, codo con codo y, obviamente, sin mascarillas, que ya saben ustedes que mientras que uno come no se contagia. Finalizada la comida, queda con su mujer para acudir a una conocida tienda de ropa, llena de clientes, pero donde tampoco es obligatorio el uso, para adquirir vestuario primaveral.
Llegada la noche, el trabajador tiene tal empanada que, antes de irse a dormir, le pregunta a su mujer si tiene que ponerse el cubrebocas para acostarse, a lo que su mujer le contesta que se vaya al sofá, que ronca. ¡Maldita mascarilla!