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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


El último verano

06/07/2022

Dicen que será el último verano este que acaba de comenzar, que lo viviremos como si no hubiera un mañana, con un furor adolescente y ganas de todo antes de sumergirnos en un otoño y un invierno que se presentan inciertos y sombríos. Al menos esta era la idea que cundía hace no demasiadas semanas, y, sin embargo, algunos, en tendencia creciente, comienzan a recular asustados por el último dato de inflación y  una séptima ola del virus maldito que, ya lo podemos decir, está instalada entre nosotros con todas sus ganas si bien es cierto que la gravedad ya no es la que era.
Las ganas de fiesta aminoran, nos enfriamos, nos desinflamos, puede más la prudencia y las cuentas apretadas. Todo resulta caro, los precios están disparados, y no solamente la gasolina. De manera que con este panorama se reducen días de vacaciones, se redefinen los destinos y se anulan reservas. Las ganas, de nuevo, tendrán que esperar. El verano se presenta caliente, pero menos. Estamos absolutamente acojonados con los precios, incluso mucho más que con el virus, y nos ha dado por temer que este verano no sea el último sino el primero de una época prolongada e indefinida de escasez y precios por las nubes, como si el gran apocalipsis económico estuviera a la vuelta de la esquina. La guerra en Ucrania va para largo, según nos cuentan los analistas internacionales, y en Europa aún no tenemos una alternativa clara al gas ruso, y si la energía escasea y se encarece, toda la maquinaria económica entra en un trantrán lento y penoso que acaba repercutiendo necesariamente en el bolsillo de las cosas cotidianas.
En España, además, tenemos nuestros problemas particulares. Dependemos menos del gas ruso pero las crisis nos suelen pegar en el centro de la diana. Por el momento hemos recurrido a la subvención y la deuda, y contemplamos el maná de los fondos europeos, aumentados en las últimas semanas debido a nuestra urgente necesidad, como la gran panacea. Eso sí, luego te encuentras ayuntamientos que se muestran incapaces de introducirse en la maraña digital en la que hay que presentar los proyectos para acceder al pellizco de los millones. Un tema que habría que analizar muy a fondo y remediarlo con todos los medios. Antes, Pedro Sánchez se irá de vacaciones y cuando vuelva, una vez pasado el Debate sobre el Estado de la Nación, encontraremos un país metido de lleno en campanillas electorales.
Será después de la zambullida generalizada en este último verano que no tiene desperdicio y que va bajando de intensidad en la medida nos adentramos en él. Nada nuevo, ya pasó en 2021. Nuestro cuerpo ha hecho callo a base de expectativas quebradas y durante los dos últimos años nos hemos acostumbrado a reducirlas en un ejercicio cotidiano de supervivencia, y en esas estamos. Nos imaginábamos un 2022 saliendo de la pandemia en plan felices nuevos años veinte alegres y desmelenados, y  a las primeras de cambio llegó Putin con sus bombas y llenó de agua fría la fiesta que todavía no había comenzado. Ahora, los más pesimistas pronostican una inflación que se puede convertir en un problema estructural durante un buen puñado de años, abriendo en nuestra sociedad una grieta de desigualdad que ponga en jaque a las sufridas clases medias. Nadie sabe nada con certeza, a Nadia Calviño le preguntan por la duración de la tormenta y no sabe bien qué decir, aunque contesta algo para que no se note demasiado que estamos metidos en la mayor de las incertidumbres. «Nos esperan meses muy complejos», dice.
Así que el verano que con un poco de suerte podría ser el último de la pandemia pero (a lo peor) el primero de la inflación disparatada nos vuelve a aconsejar de nuevo guardarnos, ser prudentes y reservados, reducir el gasto y la jarana prevista. Y además el virus que no se va, y  si ha reducido su letalidad es porque nos hemos atiborrado a vacunas en los dos últimos años. Se anuncia la cuarta. Todo se ve en estos días como tocado por la varita del pesimismo radical, hasta el punto que a veces, tras tantas desventuras seguidas e imprevistas, nos parece imposible que aquella normalidad que añoramos pueda retornar alguna vez y tememos que estará ya definitivamente perdida  en los baúles de nuestra pequeña historia, como los amores de los veranos adolescentes. Según se nos anuncia, ni siquiera nos vamos a dar el gusto de vivir este verano como si fuera el último, como si no hubiera un mañana que sabemos que vendrá y no de muy buenas maneras, como todo últimamente.