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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Los carteros

04/12/2021

Va el otoño acabando y con él cerrando las grandes lecturas -el atracón de idioma en los primeros días de lecturas otoñales, escribirá el Umbral más admirable y cercano, el hombre que enriquece nuestra pobreza escrituraria (más pobre por hacerla pública en periódicos o novelas) y que remanece en ocasiones, inopinadamente y de nuevo -lo mismo ocurre con Ruano, al que consulto con frecuencia, mayormente desde su condena y destierro- para recordarnos la idolatría del idioma-. En este otoño, condoliéndonos con el idioma -el lenguaje inclusivo- y recortándole derechos -a salvo los beligerantes en Cataluña- vuelvo al Umbral categórico y tan presente   -que escribe de los otoños y del idioma: «de la vuelta de los viajes y de los veranos, volvemos a la única gran patria acogedora hasta el final, al único señor que no se nos puede morir, o sea el idioma». Yo recuerdo en los estantes de la biblioteca de mi padre, siendo casi niño, ordenados los primeros libros de Francisco Umbral y una sentencia militante: «el artículo de ayer era un soneto seguido de otro»; y mi padre, afiebrado de metáfora, se procuraba en la inmersión cálida en las aguas termales de la gran prosa y poesía del Umbral más enriquecedor -lo era y sigue siendo para el columnista de periódico-. Todo puede morirse pero lo dicho por Juan (1:14) no muere, es nuestro señor, el idioma -«mejora nuestra tarea, nos consuela, nos alivia»-. Los padres catalanes que defienden la enseñanza del castellano dictan lecciones de humildad y en su laborar recuerdan -y es cierto- que cuesta gran trabajo «sacar todas las hojas de todos los árboles de todos los países» -y en ese misal de magisterio y primera enseñanza, están los escritores de genio que dejan a la vista el esquema simple de las cuatro estaciones -a mayor edad el otoño sobreviene más castellano y sobrio y de poco artificio-. Y el dedo de mi padre (hace de esto una cuarentena) se posa y reposa: «Está el cielo dormido, color de telegrama, y habría que despertarle, telegrafista enorme, para que su memoria, que sabe las estrellas, nos trajese un mensaje, vestido de cartero». Y acaba el otoño y resta la gran patria del idioma defendida por un puñado de carteros como ejemplo de militante deber.