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Editorial

La región celebró el cuadragésimo aniversario de su estatuto de autonomía

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Castilla-La Mancha debe mirar al futuro, pero más que mirar debe luchar por su futuro

La Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha celebró ayer el cuadragésimo aniversario de la firma del Estatuto de Autonomía de la región, y lo hizo en el mismo lugar donde se celebró el acto protocolario, en la parroquia de la localidad conquense de Alarcos. Entre el 3 de diciembre de 2918 y ayer, no había distinción en el frío que había en el interior del templo, pero Castilla-La Mancha sí que cambió en su totalidad: primero, por la época y el desarrollo que existe entre uno y otro día, y segundo, por el momento histórico en el que nos encontramos, sin acabar de salir de la pandemia de coronavirus y con la economía en tambaleo constante.

El acto de Alarcos sirvió para que la región mirara al pasado y recapacitara de aquella autonomía que se creó en las últimas décadas del siglo XX, pero sobre todo que fije su mirada hacia el futuro. El presidente actual -allí se dieron cita sus predecesores, José Bono y José María Barreda, no así María Dolores Cospedal- se fijó como objetivo crear en los próximos cinco años 150.000 puestos de trabajo, con lo que la comunidad autónoma superaría la media nacional en cuanto a empleo se refiere. Además, reveló que Castilla-La Mancha es generador de empleo y sus habitantes están en pleno proceso de dejar de acudir a trabajar a Madrid y tener un empleo en sus lugares de residencia. De hecho, en los 40 años de autonomía, la región ganó 400.000 habitantes. Page augura que en el próximo lustro llegarán 100.000 castellano-manchegos más.

Castilla-La Mancha debe mirar al futuro, pero más que mirar debe luchar por su futuro en una situación estratégica, pero también de paso, y tiene que hacerse oír en los foros nacionales más relevantes. De  nada servirá que nos convirtamos en satélites de Madrid, porque se perderá una idiosincracia que aún está en plena formación. La región castellano-manchega debe preservar su pasado como un legado de tradiciones y valores sobre los que sustentar su futuro a corto, medio y largo plazo. Y sus dirigentes deben actuar en beneficio del territorio al que representan, nunca al albur de los deseos de un partido político, dentro de una estrategia nacional.

En una España en la que la descentralización está en tela de juicio, sólo aquellos territorios cuya administración alcance la excelencia podrán mirar al futuro con una viabilidad garantizada. De momento y a tenor de los últimos datos, Castilla-La Mancha se convirtió en los últimos años en un territorio de acogida y de porvenir para personas y familias que proceden de otros territorios. Ahora es tiempo de retener ese talento que se genera en esta tierra y que, por las circunstancias actuales, debe salir en busca de oportunidades. Si se consigue esto último, Castilla-La Mancha tendrá ganada ya buena parte de su futuro.