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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


El tique

01/06/2022

Visitar una librería de viejo es como pasear por una playa silenciosa; subyace, en efecto, un estrecho romanticismo entre la música callada de una librería de segunda mano y la soledad sonora del mar. Escribió Mario Satz que leer es como «navegar por el río de los siglos hasta la más lúcida de las playas de nuestro reposo». No anduvo desacertado el escritor argentino.
La paz que se goza paseando por la arena entre los derrelictos de bivalvos y algas que le sobran al mar es la que, tierra adentro, disfruto entre los anaqueles de una librería de viejo en los que permanecen varados libros que eufemísticamente llamamos de segunda mano, pero que en realidad son libros abandonados, rechazados, despreciados por sus dueños o por los herederos de bibliotecas familiares que no las desean, libros en su mayoría descuidados y maltratados como conchas rotas por los embates de las olas, libros con hojas amputadas o descoyuntadas del lomo, libros que en su día, en manos de sus anteriores propietarios, ya mostrarían sus cubiertas deslucidas, despegadas e incluso mancilladas por el desinterés o por unas manos poco aseadas.
Las editoriales son armadoras encargadas de la botadura de libros en el silencioso piélago de los estantes de librerías y bibliotecas. Los primeros manuscritos en pergaminos que se encuadernaron en la Edad Media iban protegidos, a modo de cubiertas y contracubiertas, con madera noble y resistente, madera de roble, haya u olmo, para que flotaran como esquifes sobre las mareas del tiempo y resistieran los ataques de roedores y de lepismas, de ahí «códices», del latín «caudex» ('tronco').
Hojear un libro de segunda mano te obsequia, a veces, con testimonios del pasado, mensajes enviados en una botella que el mar ha traído hasta la orilla de la estantería que ojeas. Ayer adquirí una primera edición y, al llegar a casa, hallé entre sus páginas el tique de compra, fechado el 12 de febrero de 1985, en un Galerías Preciados. Costó 650 pesetas. El nombre de la compradora permanece legible en el tique, y por un instante la contemplo esfumada por las mareas del tiempo, y al heredero, áspero de bruma, varando este libro en los arenosos estantes de esta librería de viejo.

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