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Chillida, el gran arquitecto del vacío

SPC-Agencias
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El autor donostiarra consiguió esculpir sus sueños a través de una extensa obra que se atrevió a desafiar el espacio y dialogar con la naturaleza, llegando incluso a peinar el viento

El ‘Peine del Viento’ se encuentra enclavado en un extremo de la bahía de La Concha (San Sebastián). - Foto: EFE

Decía Eduardo Chillida que sin el vacío no hay nada y, al igual que la música no existiría sin el silencio, la escultura tampoco sobreviviría sin el espacio. Y así lo demostró en su extensa obra, en la que siempre buscó la unión entre el arte, la poesía y la naturaleza a través del diálogo de la materia y la ausencia de esta, llevándole a adentrarse en el mundo más desconocido de la creación.

Pero el escultor donostiarra no solo evidenció un inmenso conocimiento de la forma, sino que demostró también una profunda espiritualidad y curiosidad infinita, la misma que inspiró todo su trabajo. Ahora, cuando se cumplen 20 años de su desaparición, el mundo no olvida al artista gracias a un legado que se mantiene más vivo que nunca en el Museo Chillida Leku de Hernani (Guipúzcoa), fundado en vida por el propio autor.

Eduardo Chillida nació en San Sebastián un 10 de enero de 1924, y su infancia junto al mar en la bahía marcó su relación con el paisaje y el espacio. Ya desde muy pequeño iba a ver cómo rompían las olas al lugar donde años más tarde colocó su icónico Peine del viento (1976) como homenaje a su tierra.

Chillida, junto a una de sus piezas, en un exposición en el Reina Sofía. Chillida, junto a una de sus piezas, en un exposición en el Reina Sofía. - Foto: EFE

Tras una carrera frustrada como futbolista, primero, y arquitecto, después, el vasco comenzó a desarrollar su obra desde 1947, cuando entró a dibujar al Círculo de Bellas Artes de Madrid. Desde allí, y gracias a una beca, se trasladó a París para realizar sus primeras esculturas figurativas en yeso, influenciado por la Grecia arcaica. Con ellas recibió un temprano reconocimiento en 1949 exhibiendo sus creaciones en el Salón de Mayo parisino. Un año más tarde, expuso por primera vez en una colectiva de la Galeria Maeght dedicada a artistas emergentes.

Chillida sufrió una crisis artística en 1951, año en el que decidió abandonar la capital francesa para establecerse de nuevo en el País Vasco, donde se reencontró con sus raíces y descubrió el hierro, el gran protagonista de sus trabajos, pero también se encomendó a una obra marcada por un lenguaje más personal y de carácter reflexivo.

A pesar de fijar su residencia en la tierra que le vio nacer, viajó con frecuencia a París y estableció un gran vínculo con Aimé Maeght y su galería, que compartió con otros jóvenes autores como Chagall, Miró, Calder o Giacometti.

‘Elogio del horizonte’ es una de las señas de identidad de Gijón. ‘Elogio del horizonte’ es una de las señas de identidad de Gijón. - Foto: EFE

Sus obras destinadas al espacio público, más de 40, se encuentran repartidas por todo el mundo, y sus piezas se mostraron en más de 500 muestras individuales, desde la primera retrospectiva organizada por el Museo de Bellas Artes de Huoston de 1966. Desde entonces, fue un no parar. Ya en 1980 expuso consecutivamente en el Guggenheim de Nueva York, el Palacio de Cristal de Madrid y, por primera vez, en Euskadi, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, mientras que el Reina Sofía acogió su mayor exhibición en 1998.

Inaugurado el nuevo milenio, sus retrospectivas se sucedieron por todo el planeta: en el Jeu de Paume de París (2001), en el Museo de San Petersburgo (2003), en el Mie Prefectural Art Museum de la ciudad nipona de Tsu (2007) o en el Rijksmuseum de Ámsterdam (2018), convirtiéndole en uno de los escultores más reconocidos e importantes de la década.

Pero si hubo un lugar donde la utopía del donostiarra vio la luz -esa en la que soñaba con establecer un encuentro entre lo vacío y lo lleno, la naturaleza y sus obras, el ser humano y la reflexión-, ese fue el museo que él mismo creó en el 2000 en Hernani, el Chillida Leku, fundamental para mantener vivo su legado, una tarea encomendada a sus hijos y para la que está asegurado el relevo generacional.

Vista de una de las esculturas de hierro que forjó.Vista de una de las esculturas de hierro que forjó. - Foto: EFE

«Heredas unas obras pero a la vez heredas una responsabilidad que te lleva a pensar qué es lo que a ellos les hubiera gustado que hiciéramos», cuenta Luis Chillida, hijo del artista, que habla en plural porque ni la vida ni la carrera de su padre se entenderían sin su madre, Pilar Belzunce, con la que se casó en 1950 y con quien tuvo ocho hijos.

Esa es la máxima por la que se han guiado todo este tiempo en el que Chillida Leku estuvo incluso cerrado durante ocho años al ser inviable sacarlo adelante sin ayuda externa. Pero su reapertura en 2018 de la mano de la prestigiosa galería suiza Hauser & Wirth inauguró «una ventana a algo diferente». «Lo que nosotros teníamos era mucha cercanía con la obra, pero había que desarrollar un proyecto museístico y eso era algo que nos venía grande», admite Luis, quien afirma que su padre estaría «muy contento» de saber que el museo no solo sigue guardando y cuidando el legado que durante tantos años creó, sino que su trabajo «sigue suscitando el interés de diferentes generaciones». 

En su opinión, su padre habría «detestado» que el caserío y las campas de Zabalaga por las que se extiende su obra se convirtieran «en un mausoleo, en algo inmóvil». «Un espacio museístico tiene que mantenerse vivo y eso se ha ido consiguiendo», agrega.

Buena parte de sus obras se entremezclan con los árboles del jardín ubicado en su museo de Hernani (Guipúzcoa). Buena parte de sus obras se entremezclan con los árboles del jardín ubicado en su museo de Hernani (Guipúzcoa). - Foto: EFE

Eduardo Chillida cumplió uno de sus sueños con la inauguración de un espacio en el que pudo contemplar la perfecta fusión de sus monumentales figuras de hierro y hormigón con el paisaje, como si de un bosque se tratase. Desgraciadamente, dos años después de su anhelada apertura, el artista falleció en su casa de San Sebastián, a los 78 años, tras sufrir una larga enfermedad.

Le quedó pendiente el proyecto de la montaña de Tindaya, en Fuerteventura, con la que visionó «un gran espacio vacío dentro de una montaña para todos los hombres». Una propuesta que acabó convirtiéndose en una pesadilla, pues estuvo envuelta en polémica entre los defensores del medio ambiente y quienes le apoyaban. «Vaciar la montaña y crear tres comunicaciones con el exterior: con la luna, con el sol y con el mar». Esa era la idea de un hombre que no dejó de soñar en ningún momento.

«Un día soñé con una utopía: encontrar un espacio donde pudieran descansar mis esculturas y la gente caminara por ellas como por un bosque». Eso sí lo consiguió.