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José Juan Morcillo

José Juan Morcillo


Black

02/02/2022

Hace unos días me acerqué a mi banco para firmar una operación. Llegué sin cita previa, pero tuve la suerte de que en ese momento no había nadie. Los bancos, hoy, espantan a sus clientes con el rabo de los cajeros. Mi banco ocupa un edificio modernista construido hace un siglo, un edificio de cuyo floreciente pasado burgués solo queda la fachada. Al entrar, mi banco parece cualquier cosa menos eso, una entidad bancaria. Mi banco es un trampantojo; si no fuera por los cajeros automáticos, cualquiera podría asegurar que se encuentra en el recibidor de un hotel: buen olor a pesar de que no eres capaz de adivinar la identidad de la fragancia, música ambiental acogedora y tres o cuatro mesas circulares a las que se sientan los pocos clientes que acuden y son atendidos con suma educación y servidumbre. Incluso te pueden servir un café si lo pides. Café de máquina expendedora, claro.
Me atendió una joven alta y atractiva, con un toque de sofisticación y de elegancia a lo Bimba Bosé. Sin dejar ella de sonreír, me iba explicando los motivos de la operación mientras me indicaba el lugar de la pantalla donde debía firmar. Nos tuteábamos porque no era la primera vez que me atendía y porque, a ciertas edades, uno admite el tuteo como si le aplicaran una terapia de rejuvenecimiento. «Y ya que estás aquí», me dijo, «voy a actualizarte las tarjetas porque las tienes obsoletas». Y comenzó a trastear la pantalla a una velocidad desconcertante y me hacía firmar lo que parecía el acta de defunción de mis viejas tarjetas y la partida de nacimiento de las recién llegadas. «Hasta que te lleguen por correo las nuevas, también te voy a dar de alta estas», y sacó de un cajón cuatro tarjetas negras como el tizón y les di la vida con un garrapato que poco se parecía a mi firma.
Ayer me llegaron todas, y todas igual de negras, de tal forma que mi obesa cartera apenas puede hacer la digestión de las nueve tarjetas cuya negra paternidad no logro adivinar, tarjetas negras e inquietantes como las que llevaron a la cárcel a Rodrigo Rato, cuyo banco fue absorbido por el mío. Vaya una «black» casualidad. Es formidable la guasa que se gasta mi banco.

ARCHIVADO EN: Paternidad, Rodrigo Rato