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Javier Santamarina

LA LÍNEA GRIS

Javier Santamarina


Cold war

18/02/2022

Cuando sucedió el Brexit, era visible que la UE no había entendido nada. Para los europarlamentarios la historia de la Unión Europea es un guion de éxito innegable y solo un imbécil o Boris Johnson podría querer irse de la más brillante creación política de la historia de la humanidad.

El entusiasmo europeísta de los países del Sur no es fruto de un amor apasionado, sino la consecuencia de su profunda desconfianza hacia la clase política propia o la existencia de Estados disfuncionales sin una política coherente; véase, Italia y España. Los países del Norte, mal llamados frugales, están encantados con la UE y en especial con el Euro, porque han destrozado la industria del Sur, impuesto sus normas, sus leyes y su estilo de vida sin importarles un pimiento las peculiaridades ajenas. La UE es la institución política que mejor entiende a China, porque la ausencia de democracia interna es su seña de identidad.

La incorporación de los países de Europa central, impulsada por Alemania, intentaba zanjar una injusticia histórica; tal vez, minusvaloramos el apego a la libertad que desarrollaron bajo el yugo soviético. Cualquiera de ellos entiende que la soberanía nacional no es un mito pasado, sino que han sufrido las consecuencias de que un tercero dictase su destino.

Los países que tienen frontera con Rusia aprecian más a Estados Unidos, porque la UE no es de fiar. La experiencia ucraniana es un doloroso recuerdo de la cobardía europea. La construcción del gaseoducto ruso-alemán es un ejemplo del cinismo teutón y una deslealtad manifiesta mientras que la hipocresía francesa exige la disciplina presupuestaria a los pequeños países hasta que le resulta imposible de asumir.

El tribunal constitucional polaco ha dictado una sentencia que ataca el acervo jurídico europeo. El consenso general es que Polonia debe aceptar las normas europeas o irse; sin más. Por desgracia la vida es más compleja. La UE está expandiendo su poder y atribuciones sin contar con la población a la que se dirige.

El Brexit fue un toque de atención serio. La democracia no es un concepto etéreo, sino la soberanía popular que limita el poder de sus gobernantes y no al revés. Cualquier invención política implosiona cuando ignora el resentimiento que provoca. La élite europea detesta la diversidad y piensa que su creciente regulación forja un sentimiento. La soberanía es libertad; Rusia lo está recordando y Europa Central lo anhela. Unas sanciones económicas no son la solución.