LA OTRA MIRADA

Ilia Galán

Poeta y filósofo


La pésima educación

26/11/2020

Distraído, fatigado de aguantar un discurso del que apenas entendía nada, disparaba bolitas de papel a sus compañeros de curso mientras la profesora miraba a otro lado. Tenía apoyo en otros dos adolescentes, ya talluditos, que, como él, apenas tenían interés en lo que se manejaba de matemáticas, para ellos demasiado abstractas. Por algo las habían suspendido el año pasado, pero ¿para qué esforzarse si, finalmente, sabiendo o no les iban a pasar al curso siguiente?
Las bolitas, diestramente arrojadas, golpeaban el cuello, ora de una atractiva compañera, ora de un camarada de juergas, distrayéndoles de unos números que no cumplían sus expectativas y más parecían irracionales que lógicos en sus mentes agotadas de tanto hastío.
Colaboraba al revoltoso jolgorio el compañero que antes estaba en un centro de educación especial y ahora, forzadamente «integrado», solitario y abandonado e incluso ridiculizado por alguno de sus compañeros, se refugiaba en una esquina de su pupitre. No había medios para que pudiera ir al paso de los demás. Una supuesta igualdad evitaba que recibiera lo que iba a ser mejor para su desarrollo intelectual y hasta personal. El gobierno se había ahorrado ese profesorado especializado que podía comprenderle y ayudarle. Había quienes podían y sabían integrarse; otros, padecían el vacío de un grupo donde no eran acogidos.
Como la educación era recibida toda en la lengua regional, la de la patria chica, cuando llegó la hora de tener que redactar una carta en castellano no supieron hacerlo. Había a quien le costaba enhebrar la sintaxis y el vocabulario propio del español con el que se comunicaban sus padres con los de otros lugares de España. No podrían salir de su tierra chica, o tendrían que estudiar la lengua de Cervantes si querían vivir en un territorio más amplio. Ellos sufrían la inmersión lingüística que se había convertido en la castración del idioma más amplio y universal para optar por el local solo, solos, aislados, aislándose.
Los padres que antes llevaban a sus hijos a centros de educación donde separados estaban por sexo, para concentrarse más en el conocimiento impartido, entre otros motivos, y evitar el extravío que las hormonas agitan a cierta edad, no podían mantenerlos y los enviaban a los sistemas estatales. El dinero que se ahorraban antes con los centros concertados no estaba ahora disponible y los recursos faltaban para una educación pública que cada vez tiene más dogmática impregnación ideológica, doctrinaria, laica, a modo de nueva religión, que se impone en los aspectos más íntimos de la vida, sexo incluido. 
De nuevo, la voluntad de igualar aplastaba la pluralidad y la libertad, de padres e hijos, para elegir qué valores inculcar, qué mirada del mundo y del más allá. Pero más acá el caos gobierna. Cambian el sistema educativo sin consenso, nuevo derrumbe para el conocimiento.