El aeroclub despega

Maite Martínez Blanco
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Los aficionados a la aviación deportiva construyen su propio campo de vuelo en Tinajeros para promover todavía más su práctica

El aeroclub despega

Las máquinas han entrado a trabajar en la construcción de un aeródromo deportivo en Tinajeros. Los 26 socios del Aeroclub de Albacete acarician ya un largo sueño arrastrado durante años, tener un campo de vuelo para ultraligeros y avionetas cercano a la capital, un hangar para custodiar sus aeronaves y, con el tiempo, una sede social e incluso un museo que atesore la historia local de la aviación, no solo la militar, sino también la civil que no es corta. 
Las obras han comenzado con el vallado, lo siguiente que se quiere hacer es compactar una pista de aterrizaje de un kilómetro de longitud, que más adelante aspiran a asfaltar. «Iremos por fases», explica el presidente del Aeroclub, Francisco Vidal Monteagudo. Sin prisa, pero sin pausa. Han superado mil y un trámites, hasta conseguir la autorización de Aviación Civil, el visto bueno medio ambiental y los permisos urbanísticos. Ahora buscan nuevos socios y patrocinadores para completar la financiación que necesitan hasta conseguir un aeródromo como otros muchos que existen en el país, que sirven de punto de encuentro para los aficionados a volar.
Volar. El sueño de Icaro que el hombre al fin pudo realizar. Los globo aerostáticos y dirigibles permitieron al hombre alcanzar el cielo, pero la conquista la hicieron los hermanos Wright en 1903, los primeros en hacer despegar un avión más pesado que el aire. Solo nueve años después, los cielos albaceteños vieron surcar un avión. Ocurrió en 1912, el avezado aviador Leoncio Garnier demostró lo que era capaz de hacer pilotando su Blériot en las eras de Santa Bárbara, cerca de donde está el asilo de San Antón. 
Con aquel vuelo quedó inaugurado un siglo de tradición aeronáutica civil en la ciudad, que tuvo su primer aeródromo en 1923, el de La Torrecica, construido donde hoy está el circuito de velocidad. Hacía falta una pista a medio camino entre el aeródromo de Cuatro Vientos (Madrid) y el de Los Alcázares (Murcia), y las llanuras albaceteñas se ofrecían como una ubicación ideal. El Ayuntamiento de Albacete compró al entonces Marqués de Villores estos terrenos para habilitar el primer campo de vuelo oficial que tuvo la ciudad. 
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