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Una tierra llamada Leyenda

J.I.S.
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De Amílcar al Cid, en Albacete perviven rumores del pasado con sabor mitológico

Muerte de Amilcar Barca, en una lámina de 1927. - Foto: J.I.V.

Atardecía sobre los tejados de la casas del pueblo. En una calle, unos niños sentados en el suelo miraban absortos sus móviles. De pronto, se abrió una puerta, asomó la abuela y les dijo: "¿Aún estáis enganchados al aparato? Venga y pasar para adentro que es la Noche de Todos los Santos". El más vivaracho de los nietos le respondió que estaban mirando vídeos de Halloween. La abuela les recordó que estaba asando castañas en la lumbre. "Eso sí, los teléfonos los apagáis, esta noche yo os contaré las historias", les ordenó la mujer y los chiquillos, aún a regañadientes, le hicieron caso. La anciana comenzó a hablarles: 

«Esta noche hay que estar en la casa. Las ánimas de los difuntos andan llorando por las esquinas. Aquí, quietecicos, estáis muy bien. Cuando yo era una cría, no había móviles de esos y no nos aburríamos. No juntábamos, como ahora, cerca del fuego y la gente más mayor contaban todo lo que sabían. No fueron a la escuela pero lo conocían todo. Por un hombre tan viejo como soy yo ahora, aprendí que Hércules separó las dos grandes rocas que cerraban el Mediterráneo y que el hijo menor de Noé, llamado Tubal, fundó España», les estaba contando la abuela cuando una de las nietas la interrumpió: «¿Salen en youtube?». La mujer la miró como si hablara en chino y siguió explicándoles que en Hoya Gonzalo aún se relataba la historia del ojaranco o cíclope que tenía una casa de campo y asustaba a quién por allí pasaba. Y siguió narrándoles: 

«Antiguamente, había seres extrañísimos que recorrían todos estos caminos. En Montealegre del Castilllo, dicen, aparecieron huesos enormes que había pertenecido a gigantes. Y aún antes, parece ser, todos los campos fueron mares plagados de peces y donde ahora hay cerros, corrían lentos caracoles tan grandes como granadas. Aún hay quien en Paterna del Madera sabe que hubo un amor prohibido entre una mujer y un oso». 

Los chiquillos escuchaban atentos a la abuela y ella, mientras sacaba las castañas de las ascuas, les desveló que después la humanidad lo olvidó todo y se dedicó solo a la guerra. «Así fue como nos vimos envueltos en las batallas entre cartagineses y romanos», continuó la mujer contando y añadió, «por eso, en Peñas de San Pedro, está la tumba de Asdrúbal. Eso contaban. Y su suegro, el general Amílcar Barca, murió en el río Segura, cerca de Elche de la Sierra. Eso decían también».

Uno de los nietos preguntó, «¿Cómo fue?» Y la abuela, entretenida pelando las castañas, les narró los hechos: «El tal Amílcar, al que apodaban El Rayo, estaba decidido a conquistar tierras. En este afán, recorrió el sur de España hasta llegar a la Sierra, que entonces era un lugar enclavado entre los reinos de Oretania y Batistania. Acampó en una llanura con su ejército y se fió de la paz que le ofrecía un rey íbero, Orisón. Se echó a dormir tranquilo, pero antes del amanecer despertó con el tumulto de los toros y sus astas prendidas en ascuas. Las bestias se abalanzaron contra los militares. El ataque pilló a todos los soldados por sorpresa y cada cual echó a correr por donde pudo. Orisón les había tendido una trampa. Amílcar, con la idea de desviar la atención de sus enemigos, subió a su caballo y cabalgó hasta el río. Y allí se ahogó, en aquel frío invierno más de dos siglos antes de nacer Jesús», concluyó la anciana la narración. 

Luego les desveló a los niños que Viriato, un fiero guerrero íbero luchó contra los romanos, y cerca de Tobarra, pudo vencer al pretor Vetilio. La lejana antigüedad estuvo llena de luchas y conspiraciones. Después vino una nueva era y la religión cristiana comenzó a extenderse. 

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