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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


La robotización

25/04/2022

Dentro de la amplia panoplia de peligros que se ciernen sobre el porvenir de la raza humana, la robotización es sin duda el más apremiante. De un modo sutil e incesante, unas veces de forma subrepticia, otras de manera descarada, las grandes empresas han optado por la maquinización y la robotización como instrumento de producción sumiso, eficaz en grado sumo, infatigable, que ni tiene limitadas sus jornadas, ni causa baja, ni atiende a movimientos laborales reivindicativos, y que únicamente consume corriente eléctrica. Un chollo sin duda.
El sueño del poderoso siempre fue tener un esclavo a quien explotar a su antojo. Durante siglos, sin embargo, había que alimentarlo como a cualquier otra bestia de carga. Con la supresión de la esclavitud, el poderoso, consciente de la mano de obra barata que pululaba a su alrededor, vio cómo el nuevo sistema de contratación del obrero o jornalero presentaba bastantes más ventajas; no había que preocuparse de la salud del antiguo esclavo, no había que darle de comer; simplemente se empleaba, se la pagaba cuatro monedas y cuando la cosa se complicaba, se le ponía de patitas en la calle. Un sistema basado en la explotación salvaje que necesariamente habría de estallar, como así fue, provocando una retahíla de conflictos y estallidos sociales omnipresentes en la historia moderna y contemporánea: colonialismo, socialismo, comunismo, nihilismo, liberalismo, etc.
El acelerón industrial y tecnológico que cambia el mundo tras la Segunda Guerra Mundial no auguraba nada bueno para el trabajador. Como la Revolución Industrial, dos siglos antes, las perspectivas eran de lo más halagüeñas; como los ingleses precursores de la máquina de vapor, los nuevos patriarcas norteamericanos y rusos de la producción en cadena prometían el paraíso en la tierra; un paraíso que, a la hora de la verdad, se convirtió para unos en purgatorio, y para los más en infierno. El trabajo despersonalizado y deshumanizado en el que lo único que importaba era aumentar la productividad y reducir costes convirtió al trabajador en un ser informe y desilusionado, auténtica carne de cañón, al servicio de un sistema que lo absorbía reduciéndolo a una pieza más de un engranaje.
Pero evidentemente las cosas no iban a quedarse ahí. Excepción hecha de los profesionales afortunados (médicos, investigadores, catedráticos, profesores, políticos, empresarios), la gran masa productora se veía cada vez más sometida a los vaivenes de los nuevos tiempos, con el único apoyo de las grandes centrales sindicales. Ya en los años setenta y ochenta del pasado siglo empezaron a atisbarse aquí y allá curiosos robots, como marcianitos, graciosos y simpáticos, llamados a hacernos la vida más agradable en el futuro. Pero el futuro estaba muy lejos en esa época. Con la llegada del nuevo siglo, empero,  los acontecimientos se precipitaron. Íbamos a una estación de servicio y nos recibía una máquina con una voz femenina mecánica que te daba instrucciones. Luego vinieron los bancos: donde antes había una señorita educada o un caballero atento que te atendían con cortesía y eficacia, había una máquina con la que te la tenías que haber, al tiempo que te preguntabas qué habría sido de aquellos modélicos empleados de antaño.
Y así, hoy día, nos enteramos con sorpresa de que 35.000 dispositivos autómatas equipan la industria española, especialmente en el sector del automóvil, seguidos de electrónica, químico, metálico, alimentario y en los últimos años en paquetería. Nada extraño que el 55% de los empleados españoles empiecen a ver en este fenómeno de la robotización un peligro para mantener sus puestos de trabajo, en especial de aquellos que ocupan un trabajo poco cualificado, que son los más. Es lógico, pues, que, ante lo que nos viene encima, el gran reto de futuro radique en ver la actitud con que se afronta este desafío, apostando por modelos educativos en los que prime la tan denostada Formación Profesional, plenamente adaptada a los nuevos tiempos.