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Un debate interesado

Carlos Dávila
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La izquierda y los independentistas no caben en sí de gozo por la visita de Don Juan Carlos a España mientras Pedro Sánchez permite el linchamiento

Un debate interesado - Foto: Álvaro Ballesteros Europa Pres

Si algún ingenuo bienintencionado había creído que la fugaz visita del Rey Juan Carlos I a España normalizaría la situación que tiene a la Monarquía francamente en almoneda, ¡qué equivocado estaba! De toda la convulsión que se ha organizado por la estancia de nuestro antiguo Rey, primero en Sangenjo, y luego en las aguas extraordinariamente revueltas de La Zarzuela, solo queda un vencedor: la izquierda barrenera que ha logrado llevar a la televisión el debate sobre la permanencia de la institución; lo ha logrado hasta el punto que ya alguna encuesta apresurada y con seguridad muy interesada, certifica que el ansia por la república adelanta a la continuación de la Monarquía como forma preferente de Estado. Esto es lo que ha quedado de una visita mal pactada, peor organizada y acabada con una bronca descomunal entre el Rey hijo y el Rey padre. Se ha sabido poco que el segundo se negó a admitir durante las cuatro horas que duró la conversación, las continuas imputaciones de desestabilización que achacó su sucesor en la Corona. Diría el cronista que en algún instante de la interlocución estalló incluso un momento de ruptura. Fue cuando Don Juan Carlos, muy castizamente, pudo decir algo así como esto: «No he venido aquí para que mi hijo me largue una bronca».

La izquierda está ahora mismo que no cabe en sí misma de gozo. Tampoco los independentistas. Estos se la tienen jurada a Felipe VI desde que, en octubre de 2017, el Rey se dirigió a la nación para denunciar a los golpistas que estaban destrozando el Estado y promoviendo la secesión de Cataluña. Se la habían guardado y ahora han hallado el momento propicio para hacerle pagar el sofocón que se llevaron entonces. Y encima, increíblemente, les estamos ayudando todos, sin excepción, a lograr su objetivo. ¿Cuál es este? Pues derribar la Monarquía, que es el bastión que ha venido sosteniendo durante más de 40 años el edificio constitucional español. El primer responsable de lo que está ocurriendo es desde luego el felón Pedro Sánchez Castejón que, con tal de permanecer en el machito monclovita, se ha avenido a colaborar con los secesionistas en el derribo de España. No sé si en segundo lugar, pero sí en lugar muy destacado, se encuentran los principales protagonistas de la trágica historia: el Rey actual, y al que se apellida con evidente impropiedad el Emérito, tal como se llama cíclicamente a cualquier Monarca de nuestra trayectoria como nación. El sabio, el piadoso, el hechizado o incluso la Católica Isabel I. La controversia, ya sin disimulos, entre los presentes, padre e hijo, le está viniendo que pintiparada a los dinamiteros separatistas, a los más violentos, los catalanes de Esquerra y a toda la patulea de impresentables que rodea al enorme imbécil de Rufián y del pícnico Junqueras, para asentar en la sociedad la duda sobre si una Corona, afectada por enfermedad endógena, escándalos exteriores, cuernos y la enemiga del propio Gobierno de Su Majestad, sirve realmente para algo. La impresión que está cuajando es que la estabilidad que siempre ha sido la nota característica de esta institución ya ha saltado por los aires,

En esta relación de responsables no se molesta este cronista en mencionar a los activistas de la Operación derribo, los leninistas socios de Sánchez en el Gobierno Frankenstein, los separatistas, los falaces nacionalistas moderados del PNV, hasta llegar a los herederos felices y fatuos de la banda criminal más sanguinaria que hayan conocido nuestros años, los bildus del condenado por terrorismo Arnaldo Otegui. Ni una palabra más para ellos. Están a lo que están y todos los días perpetran un paso más en pos de su consecución. Lo preocupante son los tibios que ya se han olvidado de los enormes, fantásticos servicios que la Corona aportó a la causa de la Transición, y los idiotas («Franco les llamaba tontos útiles») que están colaborando con los criminales de la democracia en la voladura de la Monarquía, como episodio medio e imprescindible para dos fines: secesionar una parte vital del territorio español, Cataluña y hasta los Países Catalanes y llevar a nuestro país a un remedo de los regímenes más asesinos de la moderna trayectoria europea: la Unión Soviética como modelo enriquecedor de sus vidas y naturalmente de sus haciendas, ¡faltaría más!

Sociedad adormecida

Y todo esto ocurre a la vista del público en general, con una sociedad mayormente adormecida, solo preocupada -y en eso, es verdad, le asiste la razón- en llegar a fin de mes por si puede llevarse un trozo de pan a la boca. La sociedad esta anestesiada, pero, ¡ojo!, cualquiera que conozca someramente nuestra Historia sabrá que, de pronto, este pueblo hibernado se harta y arma la marimorena. ¿O es que hay que repasar el siglo XIX o los años 30 del XXI para mostrar la veracidad de este aviso? Los más optimistas siempre proclaman que no hay de qué preocuparse, que siempre estará Europa para mantenernos en el euro y así salvarnos. Pues bien, solo tres o cuatro parlamentos con personas que trabajan en la convencional Bruselas, bastan para advertir que la Unión está harta de pagar nuestros saraos, y de mantener de igual a igual a un sujeto que se da el morro con la peor escoria ideológica del continente. Conviene tenerlo en cuenta. Pero mientras acaece esto -y, ¡ojalá que nunca pase- debe avisarse que la Jefatura del Estado, en su modelo monárquico, no aguantará muchos fines de semana como el que acabamos de atravesar. Duele afirmar que probablemente los actores de la Monarquía se han pegado un enorme zurriagazo en su propio tafanario. Unos, la Casa del Rey, por haberse convertido en casi un mozo de espadas del Gobierno de Sánchez, y otro, Don Juan Carlos I, por no darse cuenta de que ya no se encuentra en los albores de la Transición donde podía hacer -¡y qué bien lo hizo!- todo lo que le viniera en gana. A ver, ¿qué necesidad teníamos de que se convocara a unos cientos de desocupados voluntariosos a homenajear con banderas y guirnaldas al viejo Rey? Eso ha encabritado a Felipe VI, a su Casa, y a los auténticos monárquicos que no quieren constatar en Felipe VI y Juan Carlos I un remedio de las insensatas guerras carlistas que asolaron nuestra vida dos siglos atrás. Hace decenios se recitaba un verso que contaba la desventura de un anciano payaso que no había caído en el cuenta de que su tiempo se había acabado. Rezaba así. «Esto se termina, Tony/ pronto dejarás la pista/ que la gente ya no ríe/ como antaño se reía». Pues eso. Sin más honduras.