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Un pintor en el ojo del huracán Ian

Josechu Guillamón
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El albacetense José Ángel Ramírez se encontraba en Miami cuando el ciclón llegó a la zona y sembró el terror y la destrucción a su paso

El pintor José Ángel Ramírez en su estudio, tras su accidentado viaje a Miami. - Foto: Rubén Serrallé

Cuando el pintor albacetense, José Ángel Ramírez aceptó la invitación de unos amigos para ir a Miami, no pensó que tendría que enfrentarse a un huracán.

Los primeros días de visita transcurrieron sin problemas y profesionalmente fueron estupendos, ya que va a mostrar su obra en la exclusiva sala de exposiciones Art Fusion Galleries de William Braemer, a partir de enero, algo que no es habitual conseguir en una primera visita, puesto que tiene una larga lista de espera.

Todo se complicó tres días antes de su marcha, cuando el huracán Ian decidió hacer acto de presencia en la zona, como señalaba Ramírez. «Hacía mucho aire, un aire increíble que no había visto nunca y también llovía a punta pala, no se podía salir a la calle. En el hotel veíamos al alcalde de Miami que salía cada 15 minutos en televisión, recomendando a la población que no saliera a la calle, que se quedaran en casa».

En el hotel estaban en la décima planta y las bonitas vistas, pronto se convirtieron en una masa gris y oscura. «Estábamos en un décimo piso, desde el que se veían todos los edificios de Miami y la bahía, pero cuando empezó el huracán, se puso todo gris, oscuro, oscuro y daba miedo, la luz se iba, la tele se iba. En televisión iban diciendo hacia donde se dirigía el huracán».

«Fue impresionante lo que vivimos allí, era algo que no habíamos visto en nuestra vida y eso da miedo, te causa un poco de temor y piensas en cuando pasará» recordaba el pintor».

Con la llegada de Ian también se vieron obligados a suspender su visita a Cayo Hueso, como apunta la mujer de José Ángel Ramírez, María José Herrera. «Si llegamos a ir a los Cayos, nos quedamos allí, porque las noticias eran cada vez más alarmantes».

Lo que veían en la televisión, tampoco les tranquilizaba, explicaba Ramírez. «Los barcos se movían como juguetes se subían encima de las casas y eran barcos grandes, yates, eso lo vimos en la tele. En el hotel, cuando no se veía todo gris, veías las palmeras que se tumbaban y la fuerte lluvia, que era torrencial, decían que la lluvia iba a llegar al segundo piso».

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