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Los menores 'soldados'

SPC-Agencias
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Los datos oficiales apuntan a que un elevado porcentaje de miembros de los clanes aún no ha alcanzado la mayoría de edad. Muchos son casi niños, dispuestos a todo por sus líderes

Los menores ‘soldados’ - Foto: SEBASTIÁN MARISCAL

No se sabe exactamente el número de jóvenes que integran las bandas latinas en España. Pero, en lo que sí hay coincidencia es en la existencia de una cifra negra de menores soldados, muchos casi niños de 14, 13, 12 e incluso 11 años, dispuestos a todo para ser coronados por sus superiores o líderes. Una realidad que se puso de manifiesto en la última reunión de la Junta de Seguridad de Madrid.

Tras ella, el consejero de Justicia e Interior de la Comunidad, Enrique López, propuso a la delegada del Gobierno, Mercedes González, la creación de un grupo de colaboración entre la Policía Nacional, la Guardia Civil y los cuerpos locales para trabajar en torno a colegios e institutos, donde son captados estos guerrilleros callejeros. González recogió el guante. No en vano, aseveró que, según los datos que manejan las Fuerzas de Seguridad, al menos cuatro de cada 10 miembros de las bandas son menores, pero el porcentaje podría ser mayor.

Y es que, estas organizaciones ya no están integradas solo por jóvenes latinos, pero la mayoría tiene ese origen aunque ahora lo sean de tercera generación.

Marroquíes, rumanos, polacos y, sobre todo, muchos españoles forman ya parte de estos grupos violentos, que se nutren mayoritariamente de chavales procedentes de familias desestructuradas y de escasos recursos económicos.

Así que, como resaltan fuentes de la Unidad Central Especial UCE-3 del Servicio de Información de la Guardia Civil, que hace un seguimiento de este fenómeno, es en la banda donde estos críos reciben lo más parecido al cariño.

Reclutados en los institutos, en los parques de los barrios o en los centros de menores, estos chavales son el tercer escalón de una organización muy jerarquizada que les exige una entrega casi reverencial hasta conseguir «coronarse».

El papel de las chicas 

Y dentro de estos futuros soldados, la organización otorga un papel específico a las chicas, también menores y cada vez más numerosas en estos clanes violentos. Ellas son en muchos casos las encargadas de «engatusar» al objetivo marcado como víctima de un robo. E, incluso, de «ligarse» a miembros de las bandas rivales para obtener información. Son pruebas de valor e iniciación que les exigen los líderes de sus grupos, como se las imponen también a los chicos cuando son captados. A ellos se les encargan misiones como guardar los machetes, las armas que están proliferando en las reyertas entre estos colectivos y que están causando graves amputaciones a las víctimas de las reyertas.

Por si esto no fuera suficiente, los aspirantes y miembros también tienen que contribuir económicamente. Entre 5 y 15 euros a la semana es la cuota que estos menores tienen que pagar a la organización por formar parte ella. Una cantidad que, debido a la falta de recursos de sus familias, obtienen con robos a otros chavales y establecimientos o con trapicheo de droga.

Desde su posición en la banda, los críos observan ese respeto casi reverencial a los líderes, una posición que quieren alcanzar con el tiempo. Porque su objetivo, como resaltan los expertos de UCE-3, es «coronarse».

Mientras haya caldo de cultivo, estos grupos violentos seguirán nutriéndose de niños que, en muchos casos, no tienen en sus casas quien les controle y que, en otros muchos, no les queda más remedio que ser el sostén económico de su familia.

De todos modos, la mayoría se va desenganchando de la banda, de tal manera que, por regla general, los miembros mayores no tienen más de entre 30 y 35 años.

La acción policial, intensificada tras los asesinatos registrados en Madrid y sus alrededores en lo que va de año, que acabaron con cuatro jóvenes muertos -de 25, 19, 18 y 15 años-, no es suficiente para acabar con un fenómeno latente que, aunque de raíz urbana, se está expandiendo en núcleos más pequeños del extrarradio. 

A juicio de los investigadores, la solución a este problema latente «tiene que ser transversal».