Antonio García


Adanistas

10/08/2020

Tras su mutis, que unos llaman exilio y otros huida, el más certero diagnóstico sobre la situación lo ha hecho el propio Juan Carlos, antes que los periodistas y tertulianos carroñeros: «Para los menores de cuarenta años yo seré el de Corinna, el safari y el maletín». Sin nombrarlos, estaba refiriéndose a los adanistas, esa nueva generación que empieza a estar en el poder, tras aprobado con nota en la Logse, descubridores de mediterráneos cuya memoria histórica, de oídas, se surte de la wikipedia, de los vídeos de you tube y los programas de la sexta, más la alfalfa opiácea de las series de televisión, y para los cuales el franquismo es abominable, la monarquía una aberración, la Guerra Civil una película de buenos y malos, la transición una chapuza, y todas ellas épocas oscuras en las que, para agravar su descrédito, no había móviles ni internet. Paradójicamente, una República que tampoco conocieron y en la que no les conviene indagar no sea que se encuentren otros safaris más cruentos, tiene todos sus parabienes. Más allá de estos conceptos, que no pasan del siglo XX, empieza el medioevo y las tinieblas exteriores. De momento exigen el derrocamiento de la monarquía, sin caer en la cuenta de que los problemas de la democracia no dependen de una institución u otra sino de la mala gestión de los gobernantes que ha elegido el pueblo. Borges, al que posiblemente no han leído porque no tiene instagram y está muerto, iba más lejos cuando decía aquello de que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos, hipótesis que los adanistas ni se plantean, entre otras cosas porque ya están instalados en uno.