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Enrique Belda

LOS POLÍTICOS SOMOS NOSOTROS

Enrique Belda


Accesibilidad universal: la crisis como enemiga

12/07/2022

La eliminación de barreras para las personas con discapacidad, que concluya en una accesibilidad universal en lo físico, cognitivo y si me apuran, en lo emocional, ha ganado en la última década mucho terreno, pero requiere tras la sensibilización que avanza notablemente, grandes inversiones. Por eso, cuando llega la crisis, el colectivo y su entorno nos echamos a temblar.
En España allá por 2017 se cumplieron los plazos que nos habíamos marcado a principios de siglo para eliminar las barreras, cuando se aprobaron varias normas de igualdad y accesibilidad. No es que haya retraso: es que parece que hay olvido. Se ha mejorado en el trabajo, la conciencia social ha aumentado, pero poco ha cambiado del panorama social para más de tres millones y medio de españoles. No hay color en lo que estamos haciendo ahora (en el Estado, en comunidades, ayuntamientos, o la propia sociedad), respecto de lo que existía hace apenas treinta años, pero aún así los avances son mínimos. ¿Por qué? Un discapacitado no 'vende' en los medios de comunicación prácticamente nada. Estos años se han incrementado las noticias y programas donde son protagonistas, pero siempre de manera residual. Deportes, guerra de Ucrania o descaro de Sánchez han multiplicado por mil la información o comentarios ofrecidos en prensa, radio, red y televisión mientras las noticias sociales se centran en el empobrecimiento de España por la inflación. A mayores preocupaciones de la ciudadanía estándar, más olvido de las minorías. Luego está, como siempre, el dinero.
La remoción de obstáculos físicos en construcciones consolidadas no puede efectuarse de un plumazo, y sin la labor inspectora y factora de las administraciones autonómicas y locales, las leyes con las se ha avanzado, serán papel mojado. El coste de eliminación de barreras en el transporte o en los servicios es todavía un impedimento mayor para los particulares. Además, con dar una vuelta por los locales pequeños de las calles comerciales de siempre, veremos que será imposible cambiar nunca una estrecha escalera por un ascensor acondicionado, lo pague quien lo pague. Y es que, en el origen de toda esta situación de barreras, estructural y endémica, que se extiende desde los ordenadores a las etiquetas, y desde el mundo laboral al del ocio, está la vergonzosa actitud social de todas las generaciones anteriores. Miraron la excepcionalidad como tara, la falta como defecto, o la diferencia y la rareza como anormalidad.
Yo me he tropezado con intelectuales que sí eran verdaderamente tarados por su insociabilidad o pretenciosidad; con inteligentes y acaudalados empresarios cuyos defectos me llamaban más la atención que una cojera, o con políticos verdaderamente anormales por su sectarismo y cerrazón. Todo está cambiando a mejor y creo que se nota, pero las crisis terminan con los buenos propósitos y hasta con los plazos marcados en las propias leyes.