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Editorial

Un sistema energético caduco que lastra la competitividad de Europa

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La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, reconoció por fin ayer lo que la realidad lleva demostrando con insistencia desde hace un año: que el sistema energético europeo no funciona y que urge una «intervención de emergencia» y una «reforma estructural» para contener la actual escalada de precios que está poniendo contra las cuerdas a ciudadanos y empresas. Con una inflación en la zona euro del 8,9%, que llega hasta el 10,8% en el caso de España, motivada especialmente por este sobrecoste resulta imprescindible un nuevo modelo que nos haga menos dependientes y, sobre todo, menos vulnerables a cualquier decisión de una gran potencia que tiene en el control energético una forma de presión en un contexto de enorme incertidumbre.

La invasión de Ucrania ha traído consigo una auténtica guerra del gas entre Rusia y la UE cuyos mayores efectos los están pagando por ahora los europeos, a quienes ya se está anunciando un invierno difícil en el que el precio no va a bajar y no se descartan problemas incluso en el suministro. La toma de conciencia por parte de Von der Leyen del alcance de esta amenaza supone una primera esperanza para la búsqueda de la solución definitiva y el mensaje llega en vísperas de la reunión que los 27 ministros de Energía celebrarán la semana que viene como antesala de un previsible encuentro de los líderes que deben comenzar a tomar las primeras decisiones.

La reacción de Europa no debería limitarse a una revisión del actual mecanismo, en el que la última tecnología necesaria para abastecer toda la demanda de luz es la que fija el precio diario y que está elevando las facturas hasta la estratosfera al ser las centrales de ciclo combinado, que usan gas para la producción eléctrica, las que determinan esas tarifas. Los problemas surgidos en el sistema energético no son sino la muestra de las debilidades de una Unión Europea diseñada para una época de bonanza en la que los conflictos apenas afectaban al viejo continente. Ahora se hace cada vez más necesario limitar la dependencia y apostar por varias formas de producción eléctrica como única forma de solventar los posibles chantajes que, como está ocurriendo ahora, puede hacer una gran potencia como es Rusia. 

No se trata solo de contener la sangría que están sufriendo las economías domésticas sino de demostrar también que la UE tiene los resortes suficientes para hacer frente a cualquier desafío que planteen otras potencias y que posee la suficiente agilidad para atajar los problemas cuando se producen. Esto se hubiera conseguido si se hubiera atendido hace meses la petición que hizo España. Ahora es muy posible que ya lleguemos tarde.