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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


La normalización

17/06/2022

La cursilada de la normalización empezó con las lenguas. Algunos hablaron al principio de normativización, pero huyeron enseguida del palabro por su evidente relación con las normas, no fuera a ser que les relacionaran con otros tiempos. Al margen del término que se emplee, el objetivo es loable: que en aquellos lugares en los que haya una lengua distinta al idioma común de toda España, se proteja y se conserve, fomentando su conocimiento y su uso. Hay comunidades en las que esa integración ha sido más exitosa que en otras; hay regiones en los que una obsesión enfermiza ha terminado con una imposición de efectos muy dudosos. La administración incumple las sentencias en colegios e institutos mientras los jóvenes en la calle escuchan reguetón en español, lo mismo con el trap, rap o cuantas variantes haya, y se relacionan en castellano sin problema alguno. ¿Acaso hay mejor normalización que esa? Entre los más adultos, siempre hay cretinos que si les hablas en español se resisten a contestar en catalán, lo que viene a confirmar que en Vic o en Berga hay más tontos que botellines, con la misma proporción que te los encuentras en Madrid, en Zaragoza, en Sevilla y en cualquiera de los confines del país.
No hace tanto volvimos a hablar de volver a la normalidad, uno de los términos más empleados por el Gobierno de Sánchez en ese proceso de salida de situaciones perversas que habíamos normalizado sin rechistar. Porque encerrarte en casa durante meses sin el paraguas legal oportuno -de ahí que el Constitucional declarara ilegal el confinamiento-, a parte de una tropelía jurídica, es una canallada personal, familiar, empresarial y económica. Nada ha vuelto a ser normal, ni todo es como antes. No salimos más fuertes ni mejores, salimos más pobres y más narcotizados, lo que nos está permitiendo normalizar en silencio situaciones que habrían sido impensables no hace tanto. El alza de los precios es una de las cuestiones que se enmarcan dentro de ese proceso de encantamiento general que nos han ido sometiendo. Aunque ha subido todo, los carburantes encabezan una tendencia imparable que hace meses que dejó de ser para un rato -coyuntural, en términos más técnicos- como nos vendieron desde Moncloa y también algún economista de la cuerda de Calviño. Si hoy vas a llenar el depósito de gasolina 95, te cuesta un 55% más que hace justo un año. Salvo en alguna estación de servicio low cost, es casi imposible encontrarte el litro de cualquier carburante por debajo de los dos euros. Es más. Los carburantes premium se aproximan ya a los dos euros y medio, una cifra que, si sigue este paso, se alcanzará este mismo verano.
Mal haremos en normalizar lo que es inasumible. La regalía de los 20 céntimos se ha demostrado inútil para hacer frente a este disparate. De nada sirve el argumento de que sin esa bonificación todo sería peor. Cuando algo no ha funcionado hay que reconocerlo y eso es compatible con admitir que la administración es la gran beneficiada de unos precios de gasolina y diésel nunca antes vistos. A nadie se le debe escapar que de todo lo que pagas por poder acudir a trabajar en coche o donde te dé la gana, la mitad son impuestos. Pero nos han normalizado en desidia. Y aquí hay que volver a repetir que Pedro Sánchez es un tío con suerte. Con cualquier otro presidente en el Gobierno, a estas alturas de la película, las calles estarían incendiadas. Cuenten con que los de siempre están guardando sus fuerzas para cuando en Moncloa cambien de inquilino. Mientras tanto, no normalicen lo que no se puede normalizar.