EL REPLICANTE

Alejandro Ruiz


El chulo

24/09/2020

Para contrarrestar el espíritu chulesco que nos domina, España necesita con urgencia un ‘Ministerio de Andares Tontos’, algo que nos habitúe y normalice los andares tontos del sketch de la telecomedia de ‘Monty Python’s Flying Circus’, con John Cleese subvencionando andares tontos.
El patrón de la forma de caminar de cada uno se denomina marcha. Por lo visto muchos de los diferentes tipos de anomalías de la marcha ocurren sin el control de la persona, aunque no todos se deben a alguna afección física. Mientras la mayoría de los mortales caminamos desgarbados a modo chimpancé, con las espaldas vencidas, desacompasados, torpes, inclinados y chepados, como si lleváramos sobre nuestras cabezas la humillación de la mediocridad de sentirnos del montón, el chulo, sin embargo, camina lento, impostado, pensando y reflexionando cada paso, recreándose en la cadencia armónica de sus brazos, en la prestancia del movimiento, en la medida exacta del giro de sus caderas, erguido, serio, altanero.
Me refiero al chulo de salón, al que entrena. El chulo formado y preparado en sesiones especiales donde se enseña la comunicación social, no tanto por el contenido y la forma de lo que se pretende decir, que también, como por el gesto, la mirada y los andares. Se trata de vestir, hablar y comportarse con estudiada presunción, altivez o soberbia, pero desprendiendo cierto toque de carisma, elegancia y encanto.
En los manuales al uso para chulos, el hombre debe andar erguido, con paso seguro y firme, la mirada siempre fija al frente y los movimientos acompasados y decididos. Cuando un chulo entra por la puerta en un lugar concurrido, se para, mira, observa y solamente cuando todos se percatan de su llegada, es cuando inicia ese lento y armónico avance hacia el lugar de destino deseado. Es evidente que los hombres con zancadas cortas y con un balanceo más reducido y lento de los brazos y pies tienden a ser vistos como más vulnerables, y esto es precisamente lo que se ha de evitar.
Partiendo de que nadie sería capaz de igualar el natural estilo de Gary Grant bajando de un coche, lo cierto es que, en el esfuerzo continuo por la imitación de la elegancia, el chulo siempre debe esforzarse para no caer en una burda imitación que pudiera hacerle virar hacia el hundimiento en los procelosos mares del ridículo. Todos conocemos a algún chulo insigne que, aun reconociéndole ciertas aptitudes y cualidades de prestancia innata, queriendo ser Gary Grant se convierte en una extraña mezcolanza andarina entre John Wayne en ‘Centauros del desierto’ y ‎John Travolta en ‘Grease’, aunque eso no sea óbice para el seguimiento masivo de sus acólitos, que deben pensar aquello de que: ‘A mí del cerdo me gustan hasta los andares’.