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Rosalyn Tureck

Antonio Soria
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La única referencia de Bach para Glenn Gould

Rosalyn Tureck

Natural de Illinois, Chicago, donde nació el 14 de diciembre de 1913 como tercera de las tres hijas de Samuel Tureck y su esposa Monya Lipson, inmigrantes judíos rusos (o ucranianos, podríamos decir). Su abuelo por parte de padre (de ascendencia turca) fue cantor en Kiev.

El talento de Rosalyn Tureck fue descubierto por el pianista Jan Joseph Chiapusso, nacido en Java, en 1890, entonces Indias Orientales Holandesas, hoy Indonesia, quien le daba clase de piano en Chicago un par de veces por semana cuando Rosalyn tenía 16 años.  Durante dos años el javanés cultivó el ya incipiente gusto de nuestra pianista por tocar Bach, y también le introdujo otros conocimientos como el del exótico gamelán javanés, instrumento que tanto impactó a los que se llamaran impresionistas, como Debussy (digo «se llamaran» porque el propio Debussy rechazó siempre esa etiqueta).

Todavía en Chicago, continuó su formación con el pianista Gavin Williamson, discípulo de Artur Schnabel, Ethel Leginska y Theodor Leschetizky, también clavecinista, en una época en que no habría más de 50 clavicembalos en todos los Estados Unidos de América, la mayoría en museos.

 La orientación claramente estaba encaminada hacia una técnica fundamentalmente digital, como ella misma declaraba: «Mi técnica se basó, desde mis primeros años de estudio, en la escuela de Mendelssohn como la transmitieron Anton Rubinstein y muchos de sus alumnos, una de las cuales, Sophia Brilliant-Liven, fue mi maestra. Es esencialmente una técnica de dedos, no una técnica de acordes». Brilliant-Liven, de severo carácter, nunca elogió la forma de tocar de la pequeña Roselyn cuando le dio clase entre los nueve y los 13 años. Menos mal que no todo es estímulo, sino que la energía surge de una vocación interior que va generando la resistencia y el afán de superación. De hecho, un falso estímulo puede ser tan perjudicial como una crítica absolutamente destructiva. Hay casos para todos los gustos.

Tureck dejó Chicago para instalarse en Nueva York, como alumna en la Juilliard School, coincidiendo allí con Leon Theremin, inventor del originalmente conocido como eterófono, instrumento que patentó con su apellido, y con el que Rosalyn Tureck debutó en el Carnegie Hall. Más tarde ella misma fue maestra en la prestigiosa Juilliard School.

Admiradora de Wanda Landowska, flirteó con el clave en torno a su adorado Bach, pero siempre regresó al piano como instrumento principal marcando una influencia poderosa en sucesivos intérpretes, empezando por quien llevó su nombre pegado al gran Bach, como fue el canadiense Glenn Gould.

Si bien hay mucho de lo que se podría llamar una técnica de dedos, como la propia intérprete declara, en el pianismo de Rosalyn Tureck, no está en absoluto al margen de lo que supone el uso del peso, como se desprende de la escucha de sus numerosas grabaciones, empezando por la emblemática de las Variaciones Goldberg de Bach en 1957, cuando contaba Rosaly con 44 años.

 Sin el eficaz uso del peso en los distintos tipos de ataque y en su transmisión para crear la dirección de la evolución dinámica, no podría existir esa redondez tan bien proporcionada en su discurso musical, tan pianístico porque sabe obtener de forma deliciosa una calidad de sonido que no precisa de marcharse a lo excéntrico (óigase en la Variación 15, Andante, de subyugante piano y extremada expresividad) sino que, respetuosa con lo que pudiera ser la visión «históricamente informada» de la época, ofreció siempre versiones tan admirables como la sonrisa y evocadora mirada que podemos hoy contemplar en las imágenes fotográficas que permanecen ante nosotros, junto a su música, su presencia rediviva. Hubo presencia española antes de su muerte en Nueva York, cuando pasó un par de años (2002 y 2001) en Estepona (Málaga), enseñando y tocando a diario, y la hubo anteriormente cuando, gracias a la infatigable impulsora de este instrumento en España, Paloma Oshea, fue jurado en 1990 de su concurso en Santander (bajo la presidencia Federico Sopeña). 

En esa edición quedó desierto el Primer Premio y Medalla de Oro del Concurso Internacional de Piano de Santander.