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"Me di cuenta de que la danza era lo que a mí me difinía"

Antonio Díaz
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Ángel Martín-Sanz es otro de los talentos albacetenses que triunfa a nivel internacional en el mundo de la danza, tras compaginar estos estudios en el Conservatorio Profesional Mariemma con la carrera de Periodismo y Comunicación Audiovisual

"Me di cuenta de que la danza era lo que a mí me difinía" - Foto: Arturo Pérez

Ángel Martín-Sanz es otro de nuestros talentos internacionales  de la danza. Tras su paso por el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma, donde estudió Danza Clásica, bailó en Rumanía y  ahora está en el Ballet Nacional de Grecia, en Atenas. El bailarín y coreógrafo, que es también licenciado en Periodismo y Comunicación Audiovisual, comentó a La Tribuna de Albacete sus proyectos.

Estudió Danza en Albacete. 

La verdad es que cuando me dio el venazo de la danza, aquí tenemos un Conservatorio Profesional que ofrece formación y tuve la suerte de empezar en el Conservatorio Profesional José Antonio Ruiz, hice solo un curso 2012-2013, porque iba a empezar la carrera universitaria y, en ese momento, no sabía si me iba a dedicar a la danza y me tuve que ir a Madrid a estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual, que compaginé con el Real Conservatorio Profesional de Danza Mariemma, donde estuve cinco años hasta completar el Grado Profesional de Danza Clásica, hasta junio de 2017 y a la vez terminé Periodismo, con mucho esfuerzo, porque fue muy duro.

¿Por qué?

Sobre todo fue duro por una cuestión de tiempo, estaba en el Conservatorio siete horas y tenía que ir corriendo a la Universidad y acababa a las 10 de la noche. Cualquier cosa extra que tenía, me la quitaba de horas de sueño. Fue un esfuerzo físico y mental, pero cuando tienes ilusión, no considero que fuese un sacrificio extraordinario, una cosa me curaba de la otra y tuve la suerte de poder hacer las dos, estoy muy contento. 

¿Cómo decidió a qué dedicarse?

Ahora tengo 27 años, pero el asunto es que cuando empecé con la danza tenía ya 17 años, muy tarde. No sabía si me podría dedicar profesionalmente a la danza, que era lo que quería. En el instituto recuerdo que teníamos un grupo de teatro y un día necesitaban un chico para una coreografía, como figurante. Me mandaron al Conservatorio, eso fue en abril del 2012 y cuando llegué y los vi ensayar, vi la danza clásica por primera vez, de cerca, algo hizo clic y al mes siguiente me presenté a las pruebas del Conservatorio, sin saber nada. Ya cuando fui a Madrid y me fui formando, lo tuve claro, me di cuenta que la danza era lo que a mí me definía, no tenía otra opción. Cuando acabé, comencé a hacer audiciones y en la segunda conseguí una compañía, eso fue en 2017 y empecé en Rumanía. Fui a Bucarest y allí me recomendaron algunas compañías. 

¿Por cuál se decidió?

Me decidí por el Ballet de Sibiu. Fue genial, porque es un ballet joven y todos los que estábamos allí teníamos la misma edad y llegamos con una gran ilusión por bailar. Es una compañía que hace  muchas giras por Rumanía, Corea del Sur, Luxemburgo, Italia…, una experiencia increíble y, además hice grandes amigos, porque había muchos extranjeros en el grupo, claro, tienes que hablar en inglés.

¿Comenzó en el grupo de baile?

Lo que pasa en esta compañía es que no hay rango y tienes muchas oportunidades para bailar como solista o un papel más importante. Mi primer ballet completo fue La Bayadère, de Minkus y tuve ya un papel de solista. 

¿Cuándo dejó Rumanía?

Estuve hasta el 2019, porque quería intentar ir a una compañía más grande y ver otras maneras de trabajar y por eso volvía a hacer audiciones. Lo bueno de Rumanía es que dan la oportunidad de coreografiar a los bailarines y en los dos años que estuve en Sibiu creé piezas para la compañía que siguen en el repertorio. Ahora, aunque no esté allí, me llaman y vuelvo, aunque sea un par de semanas. Además, cuando no estoy, tengo un asistente que sabe cómo quiero trabajar una pieza y qué aire quiero darle, la idea estética y conceptual de la pieza. Es una suerte que tu trabajo se mantenga vivo cuando tú te has ido de un sitio. 

¿Dónde fue después de esa etapa en Rumanía?

Primero estuve haciendo audiciones en la República Checa y finalmente sacaron audiciones en Grecia y la verdad es que siempre me ha gustado, por la cultura, por el ambiente. En 2019, me decidí a mandar mi solicitud y me cogieron en el Ballet Nacional de Grecia, la Greek National Ópera.

Fue un poco más duro que en el caso de Rumanía porque el Ballet Nacional de Grecia es muy grande, tiene su propia orquesta y coro, es un teatro enorme. Aquí si hay rangos, primer bailarín, principal, solista y cuerpo de baile  y la mayoría son griegos. La adaptación costó algo más porque en los ensayos toda la comunicación es en griego; el ambiente es muy bueno, pero las condiciones son otras. 

¿Cómo va esta experiencia?

Justo al llegar me cogió el Covid, pero la compañía se portó muy bien. Ya he tenido la oportunidad de bailar piezas de ballet clásico y contemporáneo y he trabajado con coreógrafos, entre los más importantes del mundo, como Jiri Kylián o Ohad Naharin. Hacer esos trabajos específicos que estos coreógrafos piden, cuando ves que ellos trabajan para las principales compañías del mundo, es un salto cualitativo muy grande, un reto para los bailarines. Ha sido una oportunidad increíble para todos. 

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