ÁNGULOS INVERTIDOS

Jesús Fuentes


Un desenlace sin final

26/01/2021

«Hacer la revolución no es un banquete, ni escribir un libro, ni pintar un cuadro o hacer un bordado; no puede ser tan elegante, tan pausada y fina, tan apacible, amable, cortés, moderada y magnánima. Una revolución es una insurrección; es una acto de violencia mediante el cual una clase (grupo) derroca a otra» (Mao Zedong).  
El demócrata Biden ha tomado posesión como presidente de un país militarizado por los temores a una nueva insurrección, esta vez más violenta. La primera se está cerrando con cinco muertos y el movimiento  de unas masas que quisieron anular unas elecciones de millones de votos. Fue un 18 Brumario sui generis, promovido por uno de los máximos exponente del neoliberalismo que  empobrece a los ciudadanos y paradójicamente les incita a la revuelta.  En España, se busca blanquear al personaje y sus actos para no cuestionar a nuestra derecha neoliberal. Trump ha creado este caos de mentiras y falsas realidades que en España se están adoptando como forma de oposición contra un gobierno legítimo, al que  llaman ocupa y fraudulento. Mismo discurso que Trump, cuya versión hispana reclama al ejército para subvertir la Constitución.
 Pero, ¿quién es Biden? ¿Es el revolucionario que algunos de izquierdas  hubieran querido?  ¿Es el centrista que algunos medios de comunicación  proclaman? ¿Era el candidato que no emocionaba, según un periodista empachado? De momento,  el nuevo presidente de los Estados Unidos es el resultado de una operación de éxito del partido demócrata. No fue propuesto  para ninguna revolución ni  para ser de centro ni para emocionar – las emociones en política debieran estar desterradas -, sino para arrebatar la presidencia a un personaje errático, narcisista, pero, por desgracia, popular. Para lograrlo propusieron un candidato que fuera capaz de atraer votos de quienes estaban hartos de Trump, de  colectivos indecisos y de  republicanos  no fanatizados. Los votos raciales y de género los conseguirían a través de una mujer de color y asiática como vicepresidenta. Una operación que comenzó cuando perdió las elecciones Hillary Clinton.
Una vez más en España hemos interpretado la política de  otro país en clave de nuestras derivas domésticas. Trump, como suele ocurrir con los dictadores y mentirosos patológicos, solo engañó a quien quiso engañarse.  Desde que inició su campaña  anunció  lo que iba a suceder, pero nosotros no lo quisimos ver. Cuanto hacía o decía se presentaba, salvo excepciones,  como cosas de Trump, cosas sin importancia. Aquí tenemos a Vox y se necesita su apoyo para conseguir el poder. La Sra. Aguirre les  llamó patriotas. Sostienen a la derecha en distintos gobiernos. El asalto al Capitolio se ha narrado más como un suceso frívolo que como una intentona de revolución  populista, antidemocrática y con objetivos dictatoriales. La derecha española, que ha incorporado el trumpismo a su acción cotidiana, ha buscado enmascarar entre informaciones y desinformaciones la autentica dimensión de la asonada. Una vez más la mezquindad ideologica en la que nos movemos ha tratado la insurrección como noticia curiosa más que como pronunciamiento  con ribetes fascistas.
 Trump en la Casa Blanca y más de 70 millones de votos después, nos han descubierto que el país que  se presentaba ante el mundo como referente democrático y defensor del individuo ha roto ese relato. Hemos comprobado que las visiones  que sobre sí mismos vendían eran fantasías, construidas para mantener adormecido un sistema social injusto, con valores  arcaicos y con una sociedad fracturada en clases y diferencias raciales de origen  histórico.  El día de la toma de posesión del nuevo presidente el país estaba militarizado. La labor del ejército: garantizar la Constitución.