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Una herida que no deja de sangrar

Claudia Polanco Yermanos (EFE)
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La pobreza y la inestabilidad política son los grandes artífices de la acuciante crisis migratoria que vive el continente, que se ha visto agravada este año tras la llegada de la pandemia de coronavirus

México ha registrado llegadas masivas con cifras nunca vistas en la última década - Foto: Reuters

La migración sigue siendo una lacerante herida en muchos países de América Latina, donde en el pasado año 14 millones de personas vieron cómo sus sueños se estrellaban contra un muro de discriminación, marginalidad y, en algunos casos, incluso la muerte de quienes en medio de la desesperación se lanzaron a la aventura de buscar un futuro más prometedor.

Aunque el flujo migratorio en América, uno de los más grandes del mundo, se remonta a hace seis décadas y ha supuesto hasta ahora la movilización de unos 40 millones de personas, ha sido más recientemente cuando el fenómeno se ha transformado en una realidad masiva y mediática, pasando a ocupar un lugar en la agenda política, económica y social de la zona.

«En los últimos años ha empezado a dejar de ser invisible para convertirse en un escenario similar al que tienen los africanos o sirios en Europa», explica Germán Casas, presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF) para América Latina.

Sin embargo, las diferencias con esas zonas del planeta son abismales, porque en África y Oriente Próximo, los sin papeles salen de países de ingresos bajos y llegan a otros de rentas altas, en Europa. Por el contrario, en América Latina el viaje consiste en transitar de un escenario de pobreza a otro más o menos similar, porque solo unos pocos logran llegar a EEUU o Canadá.

Casas, que conoce de cerca el problema que viven las comunidades en Haití, Honduras, México y Colombia, asegura que «Latinoamérica se ha convertido en un inmenso corredor lleno de migrantes cuyo común denominador es que huyen de la violencia».

Allí los irregulares escapan de las amenazas de la guerrilla o los paramilitares en Colombia, de la delincuencia en Venezuela, de las pandillas en Centroamérica o del narcotráfico en México, pero también dejan atrás su país para huir de un enemigo en común: la miseria.

Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en el mundo hay actualmente 281 millones de migrantes internacionales, lo que equivale al 3,6 por ciento de la población. De esos, 59 millones (21 por ciento del total) están en América del Norte y 14,8 millones (5 por ciento) en América Latina y el Caribe.

Sueños frustrados

Las restricciones de movilidad derivadas de la pandemia alteraron estos flujos, principalmente en lo relativo a la emisión de visas y las condiciones laborales de los trabajadores latinoamericanos.

En 2021, con la vacunación en marcha y la consecuente reactivación económica, el flujo de migrantes hacia Estados Unidos volvió a dispararse, especialmente tras el anuncio del Departamento de Trabajo en agosto de que hacían falta 10 millones de empleados. La declaración puso en marcha nuevamente las caravanas de migrantes a lo largo del triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, El Salvador y Honduras) en dirección a México para desde allí dar el salto y hacer realidad el «sueño americano».

Las cifras así lo evidencian: entre enero y octubre, México detuvo a 228.115 migrantes y deportó a otros 82.627, cifras que no se registraban desde hace 15 años. Además, 123.000 personas solicitaron refugio en los primeros 11 meses de 2021, muy por encima de las 40.000 peticiones que se presentaban habitualmente cada año.

La reciente reanudación del programa Quédate en México, que obliga a los extranjeros a esperar mientras un tribunal estadounidense evalúa la solicitud de asilo, ha generado una honda preocupación debido a que esta iniciativa ha dejado varadas durante meses a más de 70.000 personas en la peligrosa franja fronteriza.

El sentimiento de frustración se extendió entre los 95.000 nicaragüenses que abandonaron su país para escapar de la crisis política y la miseria, y 49.000 hondureños deportados desde México, EEUU y otros lugares de Centroamérica.

Un dolor similar viven los haitianos que, angustiados por las pocas oportunidades económicas que ofrece su nación, han optado por desplazarse a Brasil o Chile, en donde, sin embargo, no se han sentido bienvenidos.

O los venezolanos, el país que proporcionalmente registra el mayor número de migrantes -unos cuatro millones se marcharon entre 2015 y 2020-, aunque muchos han vuelto a sus casas tras perder su trabajo en los países donde residían a causa de una pandemia que no hace más que empeorar la situación de los más desfavorecidos.