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Recursos de Acogida: Refugios de esperanza

Javier D. Bazaga
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Fátima, una de las trabajadoras de un centro de acogimiento, aclara que ellas están para «acompañar a las víctimas en su proceso de rehabilitación», pues recalca que «el mérito es de ellas, ellas son las que ponen la fuerza»

Recursos de Acogida: Refugios de esperanza - Foto: Rueda Villaverde

Para llegar al extremo de pedir refugio en un recurso de acogida para las víctimas de la violencia machista han tenido que pasar muchas cosas por la mente de una mujer. Por la mente y por el cuerpo, porque raro es la que no llega con alguna marca de la vida que pretende dejar atrás. Para eso acuden a este servicio que prestan administraciones como la de Castilla-La Mancha, para dejar atrás una vida en la que la baja autoestima, el sentimiento de inferioridad, los insultos, el maltrato, la violencia, y en ocasiones la muerte, caminan por los pasillos de lo que antes, en algún momento ya lejano, consideraron un hogar.

Cuando llega ese momento siempre hay alguien esperando, y es algo que deben saber las personas que tan siquiera se estén planteando acudir a alguno de los centros, porque si se les ha pasado por la cabeza, es el momento de plantearse que pueden necesitarlo. Una de esas personas que está esperando es Fátima Mondéjar. Es una de las trabajadoras -salvo rara excepción todas son mujeres- que ayuda a las víctimas de la violencia machista a recuperar sus vidas. Ella asegura que su trabajo consiste en «acompañar a las víctimas en el proceso de rehabilitación», porque no ceja en aclarar que «el mérito es de ellas, ellas son las que ponen la fuerza».

En Castilla-La Mancha, la existencia de recursos para la protección y alojamiento de mujeres víctimas de violencia de género está prevista en el artículo 23 de la Ley 4/2018 para una Sociedad Libre de Violencia de Género en Castilla-La Mancha, donde se configuran como servicios dirigidos a mujeres víctimas de violencia de género que presenten un alto nivel de riesgo si permanecen cerca del presunto agresor o de su entorno familiar y social. Su finalidad no es únicamente dar alojamiento y protección a las mujeres y sus hijas e hijos, dando respuesta a situaciones de urgencia, sino también una intervención multidisciplinar que permita su «recuperación integral»  mediante el desarrollo de procesos de reconstrucción para su normalización social y autonomía personal.

Es decir, que vuelvan a coger las riendas de su vida sin miedo, sin temor a ninguna represalia. Sin que piensen qué han hecho buscando una justificación, porque no la tiene.

Es uno de los primeros síntomas que indican esa recuperación en las víctimas. Fátima lo cuenta como uno de esos momentos en los que se empieza a ver un avance. «Cuando salen a la calle y ya no miran atrás, o cuando entran en una tienda y no están mirando el reloj...». Más aún, cuando los niños a los que se les había atribuido algún trastorno de conducta comienzan a comportarse como los demás, sin balancearse, «cuando entienden que su madre está tranquila en un entorno de seguridad». A ellos también se les va quitando el miedo, poco a poco, pero va desapareciendo incluso para muchos de ellos, que han sido destinatarios también, al igual que sus madres, de los golpes de un desalmado.

En estos centros se les ofrece tanto alojamiento y la cobertura de las necesidades básicas, así como una asistencia integral adecuada a su situación. «Tienen cubiertas las necesidades básicas, y de su familia», algo que Fátima considera fundamental cuando una persona lo ha dejado todo con la única expectativa de «empezar de cero». «A veces llegan sin nada, ni siquiera ropa para cambiarse», por lo que estos recursos disponen de los elementos necesarios para que eso no sea una preocupación. Incluso organizan, con todas las garantías y seguridad, la posibilidad de volver a sus casas a recoger sus efectos personales, «a veces eso es muy importante para ellas».

Los objetivos de mantener estos recursos son el de proporcionar asistencia de urgencia a través de la intervención de profesionales; garantizar un espacio de protección que preserve la intimidad, la seguridad y la confidencialidad de las víctimas cubriendo sus necesidades básicas; diagnosticar las necesidades individuales de cada mujer y sus hijas e hijos, derivando, en su caso, al recurso adecuado una vez finalizado el periodo de valoración; o prestar atención integral a las mujeres y a sus hijas e hijos para la superación de la violencia padecida y la recuperación y reformulación de su proyecto personal de vida, facilitando así su autonomía.

Una vez pasada la fase de valoración en el centro de urgencia, se determina si la víctima necesita un seguimiento más exhaustivo para pasar a uno de los centros de larga estancia, donde trabaja Fátima, para seguir «acompañando» a la víctima -víctimas cuando llegan con hijos- para culminar el proceso de recuperación, que suele estar entre los 6 meses y el año, aunque cada caso es un mundo. A partir de ahí se establece un plan de intervención, y se prepara también la posible salida de víctima que, por suerte, las hay. «Ellas son las que se van encontrando mejor». Son muchas las que terminan con éxito este proceso, pero no es fácil. Saber dar el paso y la ayuda de profesionales como Fátima consiguen que eso sea una realidad. No obstante, es fundamental que ellas den su aprobación para entrar en estos recursos.

Hubo un bache. Durante el año 2020 la declaración del estado de alarma para la gestión de la situación de crisis sanitaria ocasionada por la Covid-19 y su prolongación en el tiempo supuso el confinamiento domiciliario de la totalidad de la ciudadanía y estas circunstancias multiplicaron las situaciones de violencia de género, por ello desde el Instituto de la Mujer de Castilla-La Mancha fue necesario habilitar con carácter de emergencia nuevas plazas en nuevos recursos de acogida.

Durante todo este periodo de tiempo los recursos estuvieron al 100% de su ocupación, por ello, debido al aumento de las situaciones de violencia de género derivado del confinamiento domiciliario y a la no disponibilidad de plazas, fue necesario ampliar el número de las mismas con el fin de garantizar la acogida de mujeres víctimas de violencia de género y sus hijos menores de edad con carácter de urgencia. De 14 que había en Castilla-La Mancha pasaron a 15.

Fátima se siente «afortunada» por el trabajo que desempeña. «¿Desgasta? Sí», se contesta ella misma, pero merece la pena cuando llega el momento de la salida porque «es muy emocionante». «Es como si estuvieran aprendiendo a andar de nuevo» señala, bajo la máxima de «no hacer nada por ellas que no puedan hacer ellas solas».

Así es como muchas de ellas consiguen ese deseado objetivo, volver a vivir sin violencia, en libertad, y siendo en cualquier caso un ejemplo de valentía y de superación para otras que puedan encontrarse en su misma situación. Porque estos centros son refugios sí, pero que albergan la esperanza de poder seguir adelante, y vivir sin miedo.