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Miguel Ángel Gallardo da una lección magistral de teatro

E.M.
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El actor representó su complejo y difícil espectáculo 'Bohemia maldita' ante los paisanos de Madrid

El actor Miguel Ángel Gallardo. - Foto: C.P.

Hay que ser sublime sin interrupción. La máxima que guió a Baudelaire toda su triste y desdichada vida puede servir de perfecto resumen, cual se indicó en el coloquio posterior, a la actuación de Miguel Ángel Gallardo en la capital de España. Aconteció el pasado sábado día 21 ante los paisanos de la diáspora agrupados en la Asociación Cultural Albacete en Madrid con la representación en solitario por parte del polifacético y veterano hombre de la escena de Maldita bohemia, que es más, mucho más que una obra teatral, mucho más que los tan de moda monólogos, mucho más que una catarata de declamación de versos. El espectáculo caló y estremeció tanto las fibras sensibles del público que la entregada ovación final con la gente en pie se prolongó durante cinco largos e ininterrumpidos minutos.

Hasta el punto de que el protagonista de la sesión, desbordado y emocionado por las restallantes ovaciones, solicitó que callaran de una vez, petición en la que le ayudó el presidente del grupo, Patricio Morcillo, aunque matizando que iba a ser difícil: «Porque estamos aún aplanados con esta lección, esta lluvia de arte dramático que nos has enviado desde el escenario». Un chaparrón que obligó a Gallardo a mantener un en principio no previsto coloquio con los asistentes dando respuestas a las múltiples cuestiones, todas ellas laudatorias con respecto a esta exhibición. Porque, cual comentó el albacetense al inicio, cuando presentó y explicó de qué iba  esta Bohemia maldita, «este homenaje a tantos autores sin éxito a pesar de la calidad literaria de muchos de ellos en una época cuya mayor eclosión aconteció en la segunda década del siglo pasado». Como agregó, la idea de ellos era romper el dogmatismo de aquella sociedad tan injusta que ni siquiera permitió a ninguno de «estos personajes ahogados en el arroyo de sus continuos fracasos subir a la cumbre del Parnaso». 

Luego añadió que la estructura de lo que se iba a ver era un repaso guionizado por él con textos de Emilio Carrere, Rafael Cansinos Assens, Juan Manuel de Prada y otros, en mezcolanza con aportaciones propias de idéntico estilo. Sobre estos escritos fue dando vida a personajes reales y a otros inventados que eran una perfecta imagen de aquel tiempo y del sufrimiento de esta gente bohemia y maldita a la vez. En el que no faltó la presencia de algunos que sí se salvaron de la suma pobreza, como el inmortal Valle Inclán, que los reflejó a la perfección a través de su Max Estrella en la maravillosa obra Luces de bohemia.

A lo largo del desarrollo de la obra, a lo largo de una hora, la lección fue incluyendo no sólo un curso de perfecta interpretación de cada uno de tales hombres y mujeres, todos tan iguales en el fondo pero tan diferentes en las formas. No sólo ese regalo actoral, sino que no faltaron movimientos corporales, mímica, impostación de voces y otra serie de virtudes que fueron más allá del arte de Talía.  Como manifestó en el coloquio a la pregunta de uno de los muchos profesionales del teatro que fueron compañeros de Gallardo en sus cinco décadas de dedicación. «Han sido horas y horas de ensayo en mi casa del barrio de Carretas». 

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