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Antonio García

Antonio García


De nombres

14/11/2022

Los nombres de los santos –hoy San Serapio- ya no se estilan. Dar el nombre de un santo a nuestros hijos no les aseguraba la santidad, pero les otorgaba una distinción historiada, culta, de hondas raíces etimológicas. Los nombres de hoy oscilan entre los compuestos imposibles, los débitos a los famosos o los directamente impronunciables, que componen un poliglotismo fantástico fruto de la globalización. En vista de la proliferación de nombres exóticos, la administración establece una serie de vetos a fin de evitar que el aludido, ya que no santo, al menos no sea objeto de rechifla. Se negó hace unos días la imposición de Hazia, porque su traducción del vasco es "semen", y tampoco se aceptan nombres de connotaciones negativas como Hitler o Judas, sí el de Jesús, señal de que la administración todavía cree en el determinismo onomástico. Llamar "tonto" a nuestro hijo se acepta como apelativo pero no como registro oficial. Ese proteccionismo de las administraciones prohibiendo escatológicos como Caca, o comerciales como Apple y Mercadona, puede antojársenos redundante, dado que ningún progenitor en su sano juicio optaría por esas elecciones, pero si existe la prevención será porque, efectivamente, algún padre desaprensivo intentó colar dichos nombres. En cualquier caso, la imposición del nombre, como la del sexo, sigue constituyendo un abuso contra el neonato al que no se le ha requerido su beneplácito. Lo natural sería, al menos durante los primeros años, dejar la casilla del nombre en blanco, hasta que el interesado, llegado a su raciocinio, la complete a su antojo, portando provisionalmente la denominación de Nadie, como el ilustre Ulises o el capitán Nemo.