Los temibles senderos del ayer

José Iván Suárez
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A mediados del siglo XIX, los forajidos campaban a sus anchas por los caminos y las sierras de Albacete

Imagen de la sierra albacetense. - Foto: Rubén Serrallé

Trochas de cabras que serpentean montañas, caminos de herradura que arañan las cumbres, cuevas ganadas a la piedra, desvencijados muros que ya solo soportan aire, costillares esperando a la carroña. Agosto de 1846 en las sierras de Albacete. Los sudores fríos y el miedo han erosionado el rostro de Pedro Guirao después de unos días de secuestro bajo las garras de una cuadrilla de forajidos. 

En Calasparra, se le conocen como Gallina y según cuenta el periódico El Español, salió del pueblo con el objetivo de visitar un predio de su propiedad en el sitio de las Torrentas. Sin embargo, al paso de un paraje que llaman la cañada de Manrique, le prendieron los malhechores, «los cuales le sorprendieron, y atándolo con cordeles, lo acaballaron con su propia yegua, y lo condujeron a las sierras de Letur». 

El grupo de forajidos debía de conocer que Pedro, gracias a su laboriosidad e ingenio, había conseguido disponer de alguna riqueza. Presa fácil en una España aún lejana en su interior. Ni el tren ni el telégrafo han llegado todavía a Albacete y la Guardia Civil, fundada en 1844, no ha podido extenderse por todos los territorios. En este tiempo de frontera, la seguridad personal es un bien preciado. Los trabucos o las navajas relucen pronto. Muchos milicianos de las guerras carlistas se han quedado en los montes y han reconvertido su labor guerrillera en pillaje y atracos. 

En este pliegue simbólico y místico, de la gran tela que cubre el planeta, llamado Sierra de Albacete, Pedro Guirao, frente a sus captores, recuerda a su padre, Gabriel. Fue matado en los caminos y un tío suyo y un primo, asesinados en su propia casa de Moratalla; todos a manos de ladrones. Los recuerda pero preferiría no acordarse porque los antecedentes no presagian un buen fin. 

Mientras el prisionero sufre el calvario del rapto, «en Albacete ya principia a notarse bastante concurrencia de forasteros, que acuden con motivo de la feria, en lo que se hallan ocupados por ahora todos los ánimos de aquel vecindario», publica la prensa. Agosto está acabando y aún más lejos, en las playas mediterráneas, prosigue el escandaloso contrabando de tabaco o ropa. Cada cual se apaña con lo que puede o con lo que sabe. 

Dos investigadores, Isidro Sánchez y Carlos Panadero Moya, nos contextualizan la época en Albacete. La provincia es un importante nudo de comunicaciones entre Valencia y Madrid por el que hasta 19.000 caballerías pasan por aquí al año. La población de la capital está aumentando pese a las epidemias y las contiendas; y algo que determina la conflictividad social: las tierras están en manos de muy pocas personas. Sin ir más allá, el propio Marqués de Salamanca aúna la mitad de la propiedad agraria. Cientos de jornaleros abandonan los pueblos en busca de algo mejor en las incipientes industrias de lana, cáñamo, en los telares, las tahonas o en las fábricas de jabón o aguardiente que comienzan a funcionar en la ciudad. 

 

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