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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


El segundo mandamiento

10/09/2022

Es una plaga. A todas horas. Sin venir a cuento. Sin propósito alguno -al menos si hubiere propósito el incumplimiento del mandato tendría causa. Pero no-. Luchando con el tiempo antiguo la moda dicta el atentado. En el ayer uno podía dolerse e implorar en bajo tono, como un hacer venial, pero todo esto va muy fuera de camino. En las conversaciones de los más jóvenes, quizá al relente de las series norteamericanas, la infracción adquiere el tono de un epinicio, como un vano triunfo -se jalea la divinidad de un modo hueco, sin fundamento o razón- y metiendo riña en la paz cierta. Es permanente. Toda frase viene trufada en la falta al segundo mandamiento. Es un no parar. Dios y Dios y Dios -Dios como nuestra frivolidad de charla; Dios en todos los tonos; Dios como una cosa fácil y siempre vista; Dios atirantando las cuerdas del jolgorio, como premio a una torpe y mala servidumbre-. Llega un momento que hiere. Uno está en sus cosas, tomando un café en una terraza, atendiendo a sus negocios, deliberando y estrechado del peligro, y ha de soportar esa constante falta de respeto. No es -que también- el mostrarse renitente frente al abuso un estilo moderado y sí un creer que el tiempo alejará el vicio. Pero también está uno en el derecho de cuidarse frente a la plaga, de proteger lo honroso de nombrar con respeto -en suma es (aunque no lo sea del todo) el respeto debido al hombre de la terraza que no ha de padecer el hábito del caprichoso y descontentadizo-. A cada paso borbollea el citar a Dios en un agua manchada y turbia, como arbitrariamente inspirada por un antojo, por humor o por deleite en lo extravagante -una moda exitosa y recurrente-. Por ello me he propuesto como una dieta espartana y muestro con la misma libertad mi desagrado -y prefiero no aquietarme y evitar la deshonra que supone el aceptar el altanero y molesto mandamiento incumpliéndose a conciencia-. El hombre de la terraza reconviene sin ruido ni ajetreo. Pero reconviene: No tomarás el Nombre de Dios en vano. Y en esa reconvención, huyendo de la arrogancia y abrazando la paciencia, descansa uno un tanto y vuelve a su café sin buscar querella, y en la salubridad de su espartana dieta.