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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Batallas perdidas

09/04/2022

Nadie quiere ver muertos en televisión. Para muchos resulta innecesario y hasta traumático para nuestro vivir rutinario -ni siquiera, en los tiempos más duros de la pandemia, los informativos procuraron algún que otro féretro, a excepción de aquella fotografía durísima de la morgue del Palacio de Hielo de Madrid-. Los hay muertos en vida. Willy Brandt relata en sus Memorias a la gente de Berlín: «Todos padecían frío y hambre, pero vivían; estaban escuálidos, mugrientos, andrajosos, pero tenían una conciencia limpia. Hombres descarnados y mortalmente pálidos caminaban por las calles...pero no abdicaban de su propia estimación. Eran los verdaderos héroes». Bucha, Hostomel, Irpin, las ciudades mártires de Mariúpol, muestran a sus héroes apilados en fosas comunes (la primavera amenaza y el hielo retrocede como cámara natural de los muertos) y el miembro mutilado de un anciano en la cola del pan, como la cara pálida del niño muerto, al que lloran desesperados sus padres, pero jamás veremos la secuencia última, el plano inmisericorde, es una decisión protectora para no alterarnos, algo frente a lo que debe uno rebelarse. Sin el testimonio de Auschwitz sería imposible atesorar en la retina el horror del holocausto -y nuestra retina, como la de nuestros padres, tiene una fotografía precisa que hace imposible ponerlo en duda y nos sacude y despereza-. Cuando es posible hoy fotografiarlo todo, se fotografía poco aún pareciendo que es mucho, se nos hurta casi de propósito el rostro de los muertos, su postrer grito de la última batalla -la del relato- y cuando ya lo había perdido todo, el muerto, da un paso al frente y ofrece el rostro para ser hollado, testimonio voluntario de su último hacer, para que lo tengamos ya presente siempre y puedan nuestros hijos -y quizá los suyos- llevar en el iris a los muertos y saberse, de memoria, qué y cómo ocurrió en Ucrania, y cómo atestiguan los muertos que antes de ser un número o listado, llevan en el rostro el fogonazo de la muerte -ese trallazo que es un postrero epinicio del muerto, que revive, y que nos esforzamos en acallar-. Esta batalla la perdimos hace ya mucho tiempo. Y los muertos acaban de pasar como un estorbo -y su grito ya no es el nuestro- esperando la tanatopraxia.