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Siete minutos clave

EFE
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Los médicos de cabecera solo disponen de ese tiempo para diagnosticar una patología que requiere de una escucha activa

Ni uno más ni uno menos. Siete minutos. Ese es el tiempo que tienen los médicos de Atención Primaria para sospechar que un paciente tiene depresión, muchas veces camuflada en una amalgama de síntomas físicos que hacen inviable su detección en tan poco tiempo. Y esta sobrecarga hace que se escapen más de la mitad de los casos.

En este nivel asistencial, la depresión alcanza una prevalencia del 5,28 por ciento, pero la femenina duplica la masculina y supera el 7,2 por ciento frente al 3,5 por ciento. Sin embargo, solo uno de cada dos casos están diagnosticados (47,3 por ciento).

Frente al infradiagnóstico, aparece «la medicalización y la psiquiatrización de la vida cotidiana», destaca Verónica Olmo, especialista en Medicina Familiar y Comunitaria del Centro de Salud Torreblanca (Sevilla) y miembro del Grupo de Trabajo de Salud Mental Semergen. Y añade: «Cada vez nos encontramos con más pacientes que acuden a la consulta en búsqueda de la solución a una falta de herramientas para podernos adecuar a problemas de la vida diaria con una pastilla».

El perfil del paciente con trastornos depresivos es claro, y así lo atestiguan tanto los médicos de cabecera como los informes al respecto: mujeres.

Especialmente se trata de féminas de entre 18 y 30 años -siete  de cada 10 casos-, de los cuales el 22 por ciento de los diagnósticos son moderados y asociados a causas sociales y no tanto a eventos hereditarios o endógenos, mientras que solo un 7 por ciento de los episodios son catalogados como graves.

Su abordaje requiere una escucha activa y el manejo de técnicas adecuadas de entrevista; pero la realidad es que la sobrecarga crónica que soportan estos profesionales, agravada por la pandemia, lo hace, en muchos casos, prácticamente imposible.

En un centro de salud habitual, cada facultativo de Atención Primaria tiene unos 46 pacientes al día, eso sin contar las visitas domiciliarias, tanto las programadas como las que puedan surgir, y las reuniones de equipo. Todo eso reduce el tiempo que pueden dedicar a cada persona a menos de 10 minutos.

«Tenemos siete minutos por paciente. La falta de tiempo nos dificulta el abordaje de un trastorno tan importante como el depresivo, porque necesitamos hace una escucha activa que no se nos permite en ese tiempo», lamenta la doctora. «Hacemos lo que podemos, pero cada uno -reconoce- se maneja como puede». Y eso hace que, en muchas ocasiones, la derivación al especialista «no sea la adecuada».

«No deberíamos tener siete minutos: muchas veces es a los siete minutos cuando nos enteramos de que hay un problema. Te ves atada de pies y manos sin poder hacer más», censura.

A la falta de recursos y tiempo se suman otras dificultades en la detección precoz, y es que la depresión no siempre aparece como un problema aislado ni siempre la principal queja del paciente es un síntoma psicológico o afectivo.

«Como médicos de Atención Primaria atendemos toda la patología de la persona, y es muy frecuente que vengan a consulta con su lista de la compra: 'doctora, me duele el estómago, pero además llevo un mes con la rodilla que me limita la movilidad, y además estoy un poco triste'», ilustra.

De esta forma, los profesionales se encuentran frecuentemente «con un batiburrillo de síntomas que no tienen una base orgánica, pero según vas rascando te encuentras con que lo que hay debajo es un trastorno depresivo».

Pero Olmo echa de menos también herramientas psicosociales para hacer frente a la demanda cada vez más frecuente de adolescentes, muy frecuentemente con comorbilidades asociadas a trastornos del comportamiento alimentario. «Los profesionales no estamos capacitados para abordar estos problemas, no tenemos esa formación».

Lo suyo sería que la Atención Primaria se dedicara a la prevención. «Sería el ámbito idóneo» porque son ellos los que conocen al paciente, a su familia y su contexto, y ello evitaría además que se les «escapara» ese gran porcentaje de casos.