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El padre de la nostalgia histórica rusa

EFE
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El reciente asesinato de su hija en un atentado abre el interrogante sobre quién es Alexandr Dugin y qué influencia ejerce sobre Putin

Las ideas políticas de este intelectual están marcadas por el revanchismo contra Occidente. - Foto: Maxim Shemetov (Reuters)

El intelectual ruso Alexandr Duguin, cuya hija fue asesinada el pasado 20 de agosto en un atentado terrorista  del que el Kremlin acusa a Ucrania, es uno de los ideólogos del nuevo nacionalismo ruso, que está marcado por el revisionismo histórico, la nostalgia imperialista y el revanchismo contra Occidente.

«Nuestro corazón ansía no solo venganza o represalias. Eso es muy poco, no es algo ruso. Nosotros solo deseamos nuestra victoria», comentó en su canal de Telegram.

Tanto Duguin, como su hija, Daria, defendieron desde un principio la «operación militar especial» en Ucrania, lo que le costó a la joven la inclusión en la lista de sancionados por Occidente, a la que su padre ya pertenecía desde el estallido de la sublevación prorrusa en el Donbás en 2014.

Duguin, cuyo padre, un general soviético, trabajó en la Inteligencia militar, dio muchos tumbos ideológicos desde que fuera expulsado de la universidad en 1979.

El golpe de Estado de 1991 le permitió congratularse con la Unión Soviética, nostalgia que le llevaría a fundar con el escritor Eduard Limónov el Partido Nacional Bolchevique, ahora proscrito en Rusia.

Moscovita, de 60 años, no encontró nunca su lugar en el  imperio postsoviético hasta que el nacionalismo se convirtió en la principal divisa del país y los denominados eslavófilos inclinaron finalmente la balanza de su lado frente a los occidentalistas, una polémica que se arrastra desde el siglo XIX.

Años después rompió con Limónov, que se acabaría sumando a la oposición extraparlamentaria liberal en la campaña Rusia sin Putin.

Con la llegada al poder del actual presidente, Vladímir Putin (2000), este filósofo se convirtió en el principal representante del Euroasianismo, que consiste en defender la existencia de una civilización rusa anclada entre los dos continentes y sus profundas diferencias con la cultura occidental.

Su plasmación sería el Mundo Ruso (Russkiy Mir), una figura que no sabe de fronteras internacionalmente reconocidas y que incluye a todos aquellos territorios donde se habla ruso, desde Ucrania hasta Kazajistán pasando por el Cáucaso.

Los euroasianistas como Alexandr no aceptan el final de la Guerra Fría, es decir, la desintegración de la Unión Soviética y su aspiración es recuperar el paraíso perdido, los contornos del imperio zarista.

Ucrania sería una de las piezas más preciadas de ese ideario. Por eso, para él es vital la victoria en la actual campaña militar. Está en juego la misma existencia de Rusia. Un triunfo en el campo de batalla, a su juicio, permitiría al Kremlin recobrar la gloria perdida.

La figura de este estratega nacionalista se ha magnificado con el asesinato de su hija. Su presencia en la televisión pública se había reducido mucho en los últimos años. 

Aunque comparta ideario geopolítico con el Kremlin y Putin le enviara un mensaje de pésame por su hija, los medios independientes sugieren que el intelectual nacionalista no tenía relación ni con el presidente ni con sus más estrechos colaboradores.

Eso sí, nadie niega la influencia de las ideas nacionalistas en la decisión de intervenir en Ucrania y reconocer las independencias de las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk.

Los nacionalistas no se conforman con la «liberación» del Donbás, ven a Ucrania como la reencarnación del fascismo que combatieron sus antepasados por lo que la victoria sobre Kiev tiene que ser total.

Por eso, son tan críticos con el Ejército ruso, cuya ofensiva en el Donbás está estancada y el asalto a Kiev, vitoreado en su momento por los halcones, ya no es un objetivo estratégico.

Antiguo KGB

Los que apoyan las ideas de este erudito son los conocidos como silovikí, los representantes de las estructuras de fuerza, especialmente el Servicio Federal de Seguridad (FSB, antiguo KGB), que acusó a Kiev de asesinar a su hija.

El FSB está interesado en borrar toda huella de los crímenes cometidos durante la URSS y después de 1991, especialmente en Chechenia, con el fin de otorgar una inmunidad histórica al país.

Hay que hacer desaparecer la memoria de las represiones soviéticas, lo que motivó la ilegalización de la principal organización de derechos humanos de Rusia, Memorial, dedicada a la rehabilitación de los millones de represaliados.

Este analista es, además, un revisionista, pero, como Putin, no acepta que se cambie la versión oficial de la historia que presentan los historiadores a sueldo del Kremlin.

La URSS firmó el pacto Mólotov-Ribbentrop (1939) con Hitler porque Occidente no le dejó elección, ya que fueron los occidentales los que dieron alas a Alemania al entregarle los Sudetes en el Acuerdo de Múnich de 1938.

Las revoluciones populares en el espacio postsoviético, especialmente la Revolución Naranja de 2004 y el Euromaidán de 2014 en Ucrania, no son consecuencia de las ansias de libertad de sus pueblos, sino la aplicación de una receta occidental para sembrar el caos en el patio trasero ruso.

La privatización de la historia, especialmente de la victoria sobre Alemania en la Gran Guerra Patria, (1941-1945) permite a las autoridades todavía hoy manipular el pasado a su antojo como arma de agitación propagandística.

El presente es turbio, el futuro, incierto, por lo que el pasado es el principal valor para Putin y los intelectuales del nuevo nacionalismo ruso como Alexandr Duguin.