LA RAYUELA

Óscar del Hoyo

Periodista. Director de Servicios de Prensa Comunes (SPC) y Revista Osaca


Errores

25/10/2020

Está sola en la inmensidad. El terreno apenas tiene consistencia y, poco a poco, se va deshaciendo, como lo hace un terrón de azúcar en una taza de café. Los tenues rayos de sol empujan al suelo helado a resquebrajarse. Cientos de bloques de gélido cristal de infinidad de tamaños y formas se desplazan lentamente, sin rumbo, haciéndose cada vez más pequeños, hasta que sus nimios pedazos terminan por fundirse con el agua. Cansada, casi exhausta, las fuerzas le fallan. La pequeña cría de oso polar se esfuerza por continuar nadando para alcanzar suelo firme, un pedazo de terruño glacial lo suficientemente extenso y sólido como para poder descansar.
A pesar de los esfuerzos de su madre, la vida del osezno se va apagando. El deshielo, la gran cantidad de millas de travesía a nado y la escasez de alimento han hecho mella en el pequeño plantígrado, que trata de aferrarse al enorme cuerpo de su progenitora. Un pequeño iceberg a la deriva se convierte en su tabla de salvación. No es muy grande, pero sí lo suficiente como para reponer fuerzas y volver a emprender la marcha. La osa ayuda a su cría a auparse sobre él, y, una vez en tierra firme, la arrulla y se afana en darle calor para mitigar su hipotermia. Pero ya no hay solución. Está condenada.
A las pocas horas, después de convulsionar varias veces, su vida se apaga y con ella la esperanza de que la delicada situación de estos genuinos mamíferos pueda revertir algún día. El oso polar del Ártico, especie clasificada en peligro de extinción, es el mejor ejemplo de cómo el calentamiento global provocado por el hombre está afectando al hábitat y a la vida de un buen número de animales. La Tierra está herida y su grito se hace cada día más evidente.
Ayer se celebró el día mundial contra el cambio climático, ese fenómeno que algunos continúan negando pese a las evidencias científicas, un proceso que ha provocado que la biodiversidad mundial haya disminuido de manera alarmante en el último medio siglo, poniendo contras las cuerdas a más de 25.000 especies, casi un tercio del total, que se encuentran en peligro de extinción. Este mal endémico proseguirá con su inexorable avance si no se reduce de manera drástica la dependencia de los combustibles fósiles y las emisiones de gases de efecto invernadero.
Los últimos informes oficiales auspiciados por organismos independientes desvelan que la temperatura de la Tierra ha registrado los índices más elevados de su Historia en el último quinquenio, mientras que el nivel del mar se eleva cada año.
Pese a la delicada situación que se vive, las emisiones de dióxido de carbono -CO2- alcanzaron en 2019 un nuevo récord y la tendencia es que continúe repuntando si las políticas actuales se mantienen y no hay una apuesta firme por modificarlas. Un ejemplo: el 79% de los gases de efecto invernadero de la Unión Europea son consecuencia de la quema de combustibles para usos energéticos o de transporte. 
Los acuerdos rubricados en París en 2015, que obligan a todos los Estados a presentar planes de recortes de sus emisiones, culpables del sobrecalentamiento del planeta, se han quedado desfasados. Sólo un 20 por ciento de los países se encuentra en condiciones de cumplir con los mismos.
Uno de los ejes fundamentales es la necesidad de implantar de una forma decidida alternativas al plástico, mucho más respetuosas con el medio ambiente, claves para revertir la situación. El mundo se ha convertido en un enorme contenedor de desechos en forma de bolsas y envases sin retorno. Los microplásticos, que ya se han hallado en el 90% de la sal de mesa o en el intestino humano, son un grave problema para la salud y la subsistencia del planeta. Esta plaga, que acaba con la vida cada año de 100.000 mamíferos, es un reto enorme que obliga a buscar soluciones, basadas en la concienciación sobre la importancia del reciclaje y que promuevan una industria que impulse proyectos sostenibles y la economía circular. La denominada transición de la economía gris a la verde no puede esperar.
La pandemia, que golpea con virulencia al mundo, con más de un millón de muertos y que se ha convertido en la prioridad absoluta, ha generado la mayor caída en la emisión de CO2 de la Historia y muchos animales han recuperado espacios de los que habían sido desterrados. Sin embargo, los científicos han constatado que la pérdida de biodiversidad actúa como catalizador para la expansión de virus y enfermedades infecciosas.
El planeta tiene prisa por volver a su normalidad, pero si el hombre se niega a escuchar las señales que le envía la Tierra, volverá a caer en los mismos errores.