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Antonio García

Antonio García


El calamar

18/10/2021

La asociación de traductores españoles (Atrae) se queja de que los subtítulos de la serie El juego del calamar han sido traducidos por una máquina, y solo en su fase final supervisados y editados por un humano, con lo que la productora abarata mucho sus costes. No conozco esta serie -ni esta ni ninguna otra, a partir de Bonanza-, pero algo he leído sobre ella a Javier Ruiz, que tampoco la ha visto, honrando con ello al gremio de columnistas no alienados. Parece ser que la inteligencia artificial, que es la menos inteligente de las inteligencias no detecta ciertos juegos de palabras, pues su misión robótica consiste en traducir de manera automática y aleatoria una palabra tras otra. No hace mucho que experimenté este fenómeno cuando vi una película por internet que generaba subtítulos sobre la marcha: mosqueado porque a una niña se le llamara Arenosa todo el rato, tardé en reparar en que su nombre era Sandy. Comprendo perfectamente las quejas de los traductores, en lo que tienen de reivindicación laboral, pero me temo que esa alegación tenga todas las de perder, aparte de que está mal enfocada desde su origen. No solo son las traducciones las que han sido fiadas al algoritmo de una máquina sino cualquier empresa humana. El mismo motivo de queja tendría cualquier artesano que ha visto cómo sus nobles manualidades han sido desplazadas por una producción en serie. Me pregunto asimismo qué porcentaje de humanidad tienen las películas actuales, creadas a partir de técnicas de digitalización, capacitadas incluso para prescindir de actores. Este mismo artículo me lo ha supervisado un corrector automático. Encomendado todo a la máquina, la única acción autónoma que nos va quedando es la de comernos las uñas.