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Antonio García

Antonio García


Cacerías

25/04/2022

Hace ya 10 años, como recuerda Antonio Ortiz en Retina, de la foto del rey Juan Carlos en Botsuana. Fue un antes y después en la evolución de las especies, prioritariamente la humana, que dio un gran salto hacia atrás en correlato al progreso de internet y de las tecnologías. Esa impactante imagen de cacería, con un elefante muerto, desarrolló una gran sensibilidad hacia los animales, algo que nos honraría como humanos si no fuera porque a partir de entonces se desplazó el objetivo de las cacerías y se enfocó en la caza del hombre, o de las instituciones e ideas que representaban.  En realidad, estas persecuciones aristofóbicas tienen bastante más de 10 años, pero se aceleran con la universalización de internet. Darío Villanueva, en su exhaustivo Morderse la lengua, las remonta a Nietszche, Derrida o Foucault, los refutadores de las verdades absolutas y del racionalismo. El finiquito al marxismo, la ilustración, el humanismo y otros monumentos de la humanidad pensante da pie a sucesivos posmodernismos de la humanidad sintiente, desde el pensamiento débil al pensamiento líquido, gérmenes de nuestros actuales feminismos, posverdades y populismos, aliñados con una inteligencia emocional que no es otra cosa que la regresión al infantilismo, la nueva tiranía del niño-adulto que consigue lo que quiere a través de sus pataletas internáuticas. En solo 10 años, desde que se viralizó la infausta imagen del monarca, el retroceso has sido apabullante, y si no hemos alcanzado el también diagnosticado fin de la historia sí que la hemos recortado bastante, renegando de sus fundadores. Paradójicamente se aboga por la salvación del planeta sin contar con los que habitan o habitaron en él.