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Editorial

ERC, en la disyuntiva de apostar por la realidad o mantenerse en el engaño

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No ha sido hasta este fin de semana pasado, con motivo de la Diada en Cataluña, cuando miles de ciudadanos independentistas han tomado conciencia plena de la gran estafa que sus líderes han ido creando a lo largo de la última década. Les han generado en este tiempo unas expectativas de soberanismo siendo plenamente conscientes de que ese objetivo no era alcanzable, no al menos en el corto y medio plazo y difícil también a largo, pero sin duda imposible de ejecutar a la velocidad a la que ahora les demandan una parte de sus votantes. Por eso, el sábado arremetieron contra el presidente de la Generalitat, Pere Aragonés, y contra el icono de la izquierda separatista Oriol Junqueras, a los que acusan de haber debilitado su lucha y haber aceptado una hoja de ruta de diálogo que no colma las aspiraciones de esa masa de gente.

Una parte del electorado soberanista se siente estafado, con razón. Sus líderes llevan años haciéndoles creer en un objetivo para el cual llegaron, incluso, a proclamar una declaración de independencia conscientes de su ilegalidad, con consecuencias penales de sobra conocidas. Fueron, de hecho, víctimas de su propia estrategia, sostenida en el engaño y, sorprendentemente, llevada hasta al delito con tal de no perder el favor de sus votantes por encarar la realidad. Tanto ERC como los herederos de CiU, que han destrozado la imagen que llegó a forjarse como partido sensible a la estabilidad de los gobiernos centrales –aunque fuera también de manera interesada– han alentado a una masa de ciudadanos de Cataluña pensando exclusivamente en clave electoral para la supervivencia política de las nuevas siglas y de sus líderes. La presión ciudadana fue creciendo en consonancia a la intensidad de las arengas, por lo que llegado el momento de la verdad, cualquier cambio que suponga posponer ese objetivo de independencia será una traición a juicio de de una parte de los catalanes.

Lo ocurrido el sábado en Cataluña es el reflejo de ese descontento, que irá a más si la mesa de diálogo que el Gobierno de España está a punto de abrir con la Generalitat no colma las aspiraciones del catalán soberanista más movilizado. Ante esa tesitura, los líderes de ERC tienen dos opciones principales: seguir engañando a los suyos, siendo tan cómplices como hasta ahora alimentando escenarios imposibles, o empezar a trabajar en un marco de convivencia. Esta última, a través de la mesa de diálogo con Madrid, va a implicar un desgaste para Aragonès y Junqueras aún mayor del que ya han comprobado este fin de semana, pero es el que deberían elegir y tratar de explicar en Cataluña. Esa es una de las principales claves, la capacidad de ERC para no dejarse llevar por la presión del ala más dura del soberanismo, además de que el Gobierno de Pedro Sánchez también exhiba firmeza.