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Antonio Herraiz

DESDE EL ALTO TAJO

Antonio Herraiz


Un misterio único

15/04/2022

«Dios ha muerto. ¡Pero la muerte de Dios tiene que herirnos! ¡No podemos esquivarla, está ahí!». Las palabras siempre son poca cosa, pero ese sermón del párroco Ángel Ponce en El río que nos lleva de José Luis Sampedro nos estremece. Es la sobriedad de Castilla, profunda y sincera. No hay adornos que nos descoloquen.
Sin limitaciones ni restricciones pandémicas, las procesiones han vuelto a la calle. ¿Acaso sin fe y sin ese sustrato religioso de muerte y de vida, de caída y de esperanza, puede sujetarse toda esa expresión popular de la Semana Santa? Ese es el debate que vuelve a reabrirse cada año, más aún en este 2022 en el que se retoman las procesiones tras dos años de un obligado barbecho.
Como durante tantos años, he vuelto a poder combinar la Semana Santa de Andalucía con la Castilla. Cualquiera que venga de un país lejano o no tanto sentenciará que estamos ante dos manifestaciones diferentes e incluso opuestas, cuando en realidad estamos hablando de lo mismo. Ni la procesión del Cautivo o la del Cristo de los Gitanos de Málaga es todo folklore ni la procesión del Silencio de Guadalajara es todo fe auténtica y verdadera. Las casuísticas de cada cofrade son tan variadas como la vida misma y en esa amalgama de colores que es la vida, donde ni todo es blanco ni negro, despiertan muchas formas de hablar con Dios que cada uno adapta a su manera. De ahí el esfuerzo de hermandades y cofradías, de las de aquí y las de allá, y también de las Diócesis para conservar lo artístico y la tradición sin alterar el misterio más profundo al que se enfrenta el ser humano.
Comparar la muerte y resurrección de Cristo con cualquier otro acontecimiento o espectáculo es a todas luces irreverente. Pero se podrían buscar unos cuantos ejemplos en los que para ampliar o, sencillamente, consolidar una determinada actividad o representación no siempre se consigue cuidando de forma exclusiva la esencia primitiva. En el mundo de los toros, conozco a unos cuantos que consideran herejes a todos aquellos que se llaman taurinos disfrutando exclusivamente de los festejos populares. ¡Qué sería ahora mismo de las corridas en las plazas sin los encierros, las capeas de los pueblos o los concursos de recortadores! En el caso de la fe y de la propia cultura católica no se admite una comparación tan simplista ni catastrofista; en cambio, es cierto que el cristianismo siempre se ha apoyado en símbolos y expresiones populares que sirven para comprender algo tan complicado de entender como es la propia resurrección de Jesús.
Si solo planteamos ese acontecimiento único como una cuestión biológica estamos abocados a la desesperanza que es, en definitiva, la nada. Pero si comprendemos la irrupción de la vida eterna en la historia del mundo y en la de cada uno de nosotros, el panorama cambia mucho. Son tiempos oscuros en los que, tras dos años de Pandemia, no hemos salido mejores ni tampoco más buenos. ¿Derrotados de por vida?  Ese es misterio de la fe, que te lleva a no desbordarte cuando las cosas van bien, ni a hundirte en momentos en los que nos aflige cualquier situación. Ahora que el domingo volveremos a ver al Resucitado por nuestras ciudades y nuestros pueblos, después de una Semana Santa acompañando a Cristos y Dolorosas en su estación de penitencia, puede ser una buena oportunidad para conectar el interior con el exterior, la fe íntima con la religiosidad popular, para así recuperar un horizonte mucho más esperanzado.