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Ramón Bello Serrano

Ramón Bello Serrano


Los parientes pobres

19/02/2022

Los banqueros han topado con la paciencia de nuestros mayores -antaño los empleados de banca eran como de la familia y aconsejaban más allá de la frialdad de los números- que se han levantado airados para con el cierre de oficinas y el ucase. El jubilado de entonces, el ahorrador prudente, el hombre ordenado y previsor, hacía y deshacía en su oficina de barrio, ordenaba pagos y llevaba una contabilidad sencilla       -la contabilidad de las viudas y de los pensionistas: poner la libreta al día-. Balzac en El primo Pons fue capaz de edificar la pompa deseada y el silente anhelo -el desquite- del paupérrimo. «Vestido con la elegancia de un banquero, Fritz Brunner, ofrecía a las miradas de toda la sala una cabeza calva de un color ticianesco, a cuyos lados se ensortijaban los escasos cabellos de un rubio ardiente que la crápula y la miseria le habían dejado para que tuviese el derecho de pagarse un peluquero el día de su restauración financiera». Nuestros mayores (en ocasiones dudo de que sean «nuestros», cuando muchos pretenden que sean de «otros») no se conmueven con la elegancia del banquero y están muy lejos en desear la crápula y miseria para con sus pagadores. Son gente prudente y ordenada -ya está dicho- que han aceptado, como un deber, parecerse como un fastidio a la robotización de una oficina de crédito. Muy temprano hacen cola para despachar sus trámites en un horario acotado -les atienden como un engorro; cuando sus economías fueron y siguen siendo el contrafuerte del negocio- aceptando una bastarda discriminación. En ocasiones -muy pocas- hubo algarada o revuelta. Hasta que hace unos días un jubilado valenciano dejó a la vicepresidente Calviño (rubio cabello no ticianesco y a la espera siempre de peluquera) 600.000 firmas para demandar un trato humano para aquellos que ven poco o soportan movilidad reducida o están solos o pretenden ayuda y están hartos de ser los parientes pobres de los bancos, armados de una carpeta de gomas y de una libreta de ahorros, cubierta por una funda -todo se hace viejo para el viejo-. Cada una de esas firmas es una bofetada moral y es la alegoría del viejo al que nadie quiere y a todos estorba, al que se rifan ahora con atroz piedad de avaro.

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