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Óscar Dejuán

Óscar Dejuán


Verde nuclear

22/11/2021

«Nuclear no, bases fuera». Este fue uno de los slogans más repetidos durante la transición democrática española. Cuando Felipe González, uno de líderes de las protestas juveniles, llegó a la Presidencia del Gobierno en 1982 España entró en la OTAN y se enganchó al tren de la energía nuclear pilotado por Francia y Alemania.
El accidente de Fukushima (2011) envalentonó a los grupos antinucleares. En Alemania, los Verdes vendieron su apoyo al SPD a condición de clausurar todas las centrales nucleares antes del 2020. En España el PSOE renunció a nuevos proyectos nucleares y adelantó el cierre de las centrales existentes. 
En la reciente Cumbre de Glasgow, los mandatarios de los países signantes de los Acuerdos de Paris (2015) explicaron sus avances en el proceso de descarbonización. Esta fue la tónica general de sus discursos: «Hemos eliminado X plantas de carbón y cerraremos antes del 2035 las pocas centrales nucleares operativas; para el 2050 nuestra electricidad será 100% renovable y verde; un país impulsado por su viento y su sol».
Y llegó el turno de Emmanuel Macron. Sus palabras (no textuales) dejaron helados a sus colegas. «Francia seguirá en su empeño por conseguir una electricidad renovable y limpia, la más verde de todas, la nuclear. Sus emisiones directas de CO2 son nulas; las indirectas y el tratamiento de los residuos se neutralizarán con los nuevos proyectos. En la actualidad, los 45 reactores instalados generan el 70% de la electricidad más barata y segura. Nuestra electricidad cuesta un 40% menos que la alemana y la española. Somos más libres que ellos al no depender de la buena voluntad de los proveedores de gas y de los dioses Helio y Eolo. Nos sentimos físicamente seguros pues en 70 años no hemos sufrido ningún accidente nuclear». 
Conclusión: el corazón y las ideologías no pueden ahogar la ciencia y la razón.