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Javier López

NUEVO SURCO

Javier López


Aquellos años de Felipe

26/10/2022

Nadie había conseguido en España una victoria electoral tan aplastante, nadie lo ha conseguido aún. Aquellos doscientos dos escaños que consiguió el PSOE de Felipe González  en 1982 pasarán a la historia del nunca más se repetirá. No era una mayoría absoluta, era una voluntad inequívoca del pueblo español, sin cortapisas, sin extrañas aritméticas parlamentarias. España, que solamente siete años antes despedía a Franco con dos días de colas ante el féretro instalado en el Palacio Real, el mismo país que dejó morir al dictador  en la cama de muerte natural, votaba masivamente a favor de un cambio total de la mano de los  cachorros de un partido que volvía del exilio y a un joven socialista que un día dio un puñetazo en la mesa con aquello de que había que ser socialistas antes que marxistas, y se tuvo que ir con el órdago a su casa para volver a los pocos meses como la gran esperanza del socialismo español. España se manifestó en aquel 1982 como un país complejo en el que ganaba un partido socialista de forma arrolladora mientras los ecos del franquismo eran evidentes y se hacían notar en las calles, con manifestaciones masivas en noviembre en recuerdo del régimen anterior, y hasta en las librerías, con las novelas de Fernando Vizcaíno Casas siempre entre las más vendidas.
Ese país solamente se podía gobernar con un profundo sentido de la libertad, y con toneladas de sentido común, y Felipe lo supo hacer. Antes del declive de los noventa, los años ochenta son en España una apoteosis de libertad auténtica, sin cortapisas, sin precauciones excesivas, sin memorias parciales e impuestas, confiando en la sociedad y en el desenvolvimiento libre de sus sentimientos, y hasta sus dolores guerracivilistas, diversos, sin que ningún ordenamiento legislativo estableciera donde residía el lado correcto de la historia. Había espacio para todos. Allí convivio lo más urdeground y loco, y no hay más que recordar la Movida madrileña,  con manifestaciones profundísimas d de la España de cerrado y sacristía, a decir de Antonio Machado.
Me comenta Fernando Jáuregui, que anda promocionando estos días su último libro 'La foto del Palace', que casi seguro no habrá foto remake, cuarenta años después, de aquella de Felipe González y Alfonso Guerra asomándose a una ventana del emblemático hotel madrileño. «No tienen mucha relación». No la tienen desde hace ya tiempo pero en aquellos años hicieron un tándem perfecto, con Alfonso Guerra como 'poli malo' y pararrayos de todas las tormentas, también actuando como un socialista algo más radical que Felipe. Era un reparto de papeles. Hoy coinciden ambos, desde una distancia ya irremediable, en el compromiso con España y no ven claro esta geometría variable en la que nos ha metido un Pedro Sánchez que se empeña en presentarse como continuador. Conviene no olvidar que los pactos con Pujol comenzaron con un Felipe declinante, pero dudo que hubiera sido capaz de llegar a un acuerdo con Bildu ni con un separatismo catalán recién llegado del monte de la sedición. El Felipe declinante de los noventa poco tenía que ver con el alarde ochentero. El de los casos de corrupción que crecieron a sus alrededores, el de una España, que a fuerza del empeño del líder de no querer ser muy socialista y no asustar a los mercados, había dejado crecer demasiado las malas hierbas del pelotazo y la especulación, pero, con el tiempo, el balance es positivo, y hoy las reflexiones de Felipe González siguen siendo transversales, nutritivas y a veces imprescindibles. Recientemente escuchaba una entrevista que le hizo Jesús Quintero y que terminaba con esta: «En España estamos todo el tiempo discutiendo qué es España, por lo tanto, España debe ser algo muy serio». Me parece magistral. El «por lo tanto» de Felipe González siempre anticipa alguna frase de calado.
Muchos españoles siguen añorando hoy el felipismo. La media de edad de los votantes socialistas es de cincuenta y cinco años, hombres y mujeres que votaron al PSOE de Felipe y que hoy siguen votando la sigla aún sabiendo que lo de Pedro Sánchez está alejado de aquello por más que las épocas sean muy diferentes. Estos días se rememoran aquellos años como la primavera de lo que comenzó en 1978, con Adolfo Suárez, y que el líder socialista sacó a pasear por el mundo con garbo y empaque. Se añora aquello con la nostalgia de lo que desde nuestro tremendismo pensamos que nunca volverá, como si la historia, una vez más, hubiera puesto ya el plomo en nuestras alas.