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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Una sociedad enferma

06/06/2022

¡Qué lejos queda la sociedad norteamericana tal y como la veíamos reflejada en aquella inolvidable cinta titulada Los mejores años de nuestra vida! Incluso tenemos derecho de preguntarnos si realmente era así, o fue una tergiversación similar a la que astutamente realizaron una serie de directores con la conquista del Oeste, convirtiendo un genocidio, merced a la magia de la cámara, en una gesta.

Aseguran lo expertos politólogos que el día del Asalto al Capitolio marcó el punto álgido de algo que se viene gestando en una sociedad absolutamente dividida, en la que la barbarie, producto de una tremenda incultura, se está adueñando de vastas capas de su población. Sabíamos que el modelo norteamericano llevaba años fragmentado, un modelo en que, mal que bien, vienen conviviendo lo mejor y lo peor, el sabio y el cowboy, la alta cultura y la ignorancia más avasalladora. Lo que ignorábamos  en que el décalage había adquirido unas dimensiones prácticamente insalvables. Una sociedad a punto de hacer crack, como muy bien pudimos ver con el incendiario de Donald Trump.
Y lo más lamentable del caso es que, merced a no sé qué poder en la sombra, Europa –por no decir el mundo entero– vive al rebufo de ese país, siguiendo a pie juntillas sus mitos y modelos, como si Roosevelt  o Kennedy siguieran vivos. Cuando ellos fumaban, todos fumábamos, cuando declararon la guerra al tabaco, todos se la tuvimos que hacer, declarando apestados a quienes optaron por seguir la costumbre que, ipso facto, pasó de placer a vicio. Pero de toda la razón y la sinrazón que de allí nos llega, nada como la violencia y el culto a las armas, tal y como queda reflejados en esos films superbasura con los que a diario anegan nuestros hogares. Películas odiosas e inclasificables cuya constante es la retahíla de muertos, de crímenes y de armas que se exhiben. Y toda esa porquería el espectador se la traga sin una protesta. Y pensar que espectáculos perfectamente reglamentados como las corridas de toros o los combates de boxeo hace tiempo que quedaron proscritos en países como el nuestro, y en cambio se siguen los postulados del horror, la violación, el crimen y la barbarie de una sociedad en la que el poderosísimo 'lobby' de las armas campa por sus respetos.
Porque el problema ya no es que un perturbado, recién cumplidos los 18 años, vaya a una tienda en su barrio, se compre una escopeta o un rifle y, acto seguido, entre en un centro educativo y la emprenda a tiros con todo lo que se mueve (niños, profesores, etc.) mientras la policía, acojonada, espera acontecimientos, como ocurrió la pasada semana en la localidad de Uvalde, en el Estado de Texas; no, lo peor es que, como no se pone remedio al cáncer en su raíz, al días siguiente, por efecto del contagio, un individuo trastornado se mete en un supermercado, en un hospital o incluso en una iglesia y sigue matando, como modo de reafirmarse, reiniciándose una y mil veces la misma espiral canallesca.
Por un lado los que soportan con desesperación la barbarie de ese 42% de estadounidense que reconocen tener armas en su casa (se estima que en todo el país hay entre 270 y  310 millones de ejemplares de todos los calibres); por otro lado los que atizan la hoguera y se forran, la Asociación Nacional del Rifle, que, en los casos más escandalosos soportan estoicamente unos días de duros ataques con el convencimiento de que las aguas volverán a su cauce y todo seguirá igual. Resultado, el tremendo escándalo que supone las 7.600 personas fallecidas en 2022 en Estados Unidos por armas de fuego  en crímenes, por disparos no intencionados o autodefensa, en 213 tiroteos masivos y 10 asesinatos en masa. Todo sea por el 'sagrado' derecho a la autodefensa. Y todo ello en  un país en el que, en más del 50% de sus  Estados, sigue vigente otro no menor signo de barbarie y espanto, como es la Pena de Muerte. Hasta la hipocresía debería tener unos límites.