Ópera con mascarilla

Alejandra Silva (EFE)
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Salzburgo aprovecha el progresivo levantamiento de las restricciones de aforo para celebrar su famoso festival, en un año en el que conmemora su centenario limitado por la pandemia

Ópera con mascarilla

El vocabulario cotidiano de la pandemia (mascarillas, test y distancia), se ha impuesto también en el centenario del Festival de Salzburgo (Austria), que tiene lugar bajo un estricto plan de seguridad que complica la organización pero que ha posibilitado su celebración pese a las circunstancias.
Frente a otras citas culturales que han decidido cancelar este verano, como Bayreuth, Salzburgo aprovechó el anuncio el pasado mayo del progresivo levantamiento de las restricciones de aforo para decidir celebrar entre el 1 y el 30 de agosto su cumpleaños, con menos espectáculos y mucha seguridad.
El plan de seguridad incluye la obligación de llevar mascarillas e, incluso, la recomendación al público de usarla durante la función; la personalización de las entradas, para localizar a los asistentes si hay contagio; y la suspensión de las pausas, para reducir el movimiento en los teatros, y las celebraciones tras los estrenos.
«Creo que a la mayoría del público no les gusta ponerse la mascarilla, pero cuando nos ven aquí, la sacan inmediatamente y nos sonríen», revela uno de los vigilantes en la Großes Festspielhaus, el escenario principal del Festival, que este año ofrece 110 funciones de ópera, teatro y conciertos.
Además, el aforo se ha reducido a la mitad y el público se ha distribuido como si estuviera en un tablero de ajedrez, de forma que incluso las parejas se sientan separadas.
«Nunca me había sentido tan sola durante un concierto, había muchos asientos vacíos», reconoce Antonia Haslinger, una visitante austríaca, tras un recital de piano.
El objetivo de estas medidas pretende asegurar un festival de calidad en lo artístico y sostenible en lo económico, pero en el que reine la seguridad y la salud ante posibles contagios del rebrote del coronavirus.
Para evitar infecciones entre trabajadores y artistas se ha creado un sistema de tres grupos: rojo, naranja y amarillo.
El rojo está formado por quienes, como cantantes y músicos, no pueden usar mascarilla o mantener la distancia, y se han de realizar regularmente pruebas de contagio, de las que se han hecho hasta el momento unas 2.200.
Además, este grupo ha de llevar un diario sobre su estado de salud y con quién han tenido contacto tanto dentro como fuera del recinto.
«Es una sensación muy extraña tener que hacernos un test tras cada función. Tampoco puedo salir con mis compañeros a celebrar nuestro trabajo. Pero, por supuesto, estoy agradecida de haber podido debutar en el Festival pese a la pandemia» cuenta a Deniz Uzun, una mezzosoprano que actúa en la ópera Elektra, de Strauss.
El grupo naranja incluye a las personas que pueden mantener la distancia y que están en contacto con el grupo rojo, pero pueden usar una mascarilla protectora. En el amarillo están aquellos que pueden mantener las distancia y utilizar mascarilla en todo momento.
El sistema ha funcionado y hasta ahora solo se ha anunciado el caso de una trabajadora, el pasado junio, que se localizó y aisló inmediatamente y no provocó más contagios.

 

Turismo

El ambiente en Salzburgo, que cada año se llena de decenas de miles de visitantes culturales atraídos por el Festival, oscila este año entre el alivio por poder celebrarse y la tensión provocada por la COVID-19, que ha supuesto un duro golpe al sector turístico.
«La pandemia nos ha afectado drásticamente. La ocupación del hotel está a la mitad, cuando en años anteriores habíamos tenido que cerrar nuestra página de registro», lamenta Andreas Gfrerer, dueño del establecimiento hotelero Blaue Gans.
En este sentido, y según la Oficina de Turismo de Salzburgo, la ocupación hotelera en julio fue del 40%, frente al habitual lleno total que se registra cada verano, y se espera que este mes de agosto suba al 50%, gracias al imán de la muestra, aunque con las precauciones debidas.