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Pilar Gómez

MIS RAZONES

Pilar Gómez


Palabra de Rey

27/12/2021

En su tradicional mensaje de Nochebuena, el único del año que se redacta en la Zarzuela aunque luego pase por el cedazo de la Moncloa, Felipe VI se ha referido en forma particular a los cuarenta años largos de convivencia democrática en nuestro país así como a la importancia fundamental a la 'viga maestra' de la Constitución, a la que se refirió como símbolo 'del gran proyecto de transformación' del gran proyecto común. Elogiar nuestra Carta Magna en el discurso navideño no es simplemente un obligado protocolo, una tradición inexorable. Se trata de una imperiosa necesidad dada la particularidad de la situación política por la que atraviesa este país. Un Gobierno en el que toman asiento ministros comunistas, algo que no ocurre en país alguno de nuestro entorno, y que está apoyado por quienes no condenan el terrorismo de ETA y por quienes pretenden desintegrar la unidad de la Nación.
De ahí que sus exhortaciones al consenso y al diálogo entre las distintas fuerzas políticas nacionales pudieron sonar a una muestra de obligada ingenuidad, habida cuenta de que el Ejecutivo de Pedro Sánchez apenas ha tenido a bien, hasta la fecha, el asumir alguna de las propuestas que, con prudencia e insistencia, le lanza la oposición, en especial el Partido Popular. Resulta evidente que la Corona es elemento de estabilidad y punto común de ánimos y conciencias, de anhelos y esperanzas de una sociedad que atraviesa por momentos de enorme dificultad, pero también es el obstáculo para algunos elementos tóxicos que están ahora mismo instalados en nuestras instituciones.
El Rey señala el camino hasta donde le corresponde. Su papel está diseñado en nuestra Carta Magna como un elemento de moderación y arbitraje. Así lo hace, pese a que en estos momentos haya voces que le reclaman un mayor compromiso y hasta le reprochan un cierto alineamiento con las posiciones que emanan desde el Ejecutivo. Este mensaje navideño, en efecto, ofreció resonancias de algunos planteamientos muy frecuentes en los discursos del Ejecutivo, cuestión que no ha pasado inadvertida.
Como tampoco lo ha sido la ausencia de referencias a la singular situación de su padre, desde hace año y medio residente fuera de nuestro país. La figura de don Juan Carlos, exonerado de responsabilidades judiciales, pese al empeño de muchos en lo contrario, ha sido siempre una herramienta utilizada por quienes pretenden hacer tambalear nuestra Constitución y derribar el sistema de convivencia del que nos dotamos los españoles hace ya más de cuarenta años.
Habló Felipe VI de 'incertidumbres' y 'encrucijadas' que aparecen en nuestro horizonte. Ciertamente, España atraviesa por una situación sumamente delicada, tanto en lo que hace a la pandemia como en el terreno económico, en el que el Gobierno está mostrando una impericia que mueve al espanto. Somos el país que peor está emergiendo de la convulsión de los contagios, de este bienio negro cuyo final todavía no se adivina. El Rey ha señalado esta circunstancia quizás con un tono algo más bajo del que algunos esperaban. Es posible. En cualquier caso, no conviene olvidar que la Corona es el último baluarte que mantiene erigido nuestro entramado democrático, la fórmula de Estado que tantos pugnan ahora mismo por derribar.