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Juan Bravo

BAJO EL VOLCÁN

Juan Bravo


Infancia y corrupciones

11/07/2022

Cuando uno alcanza la madurez, escaldado de tanta gloria santificada y de tanto libro que como falsa moneda se nos ofrece en los escaparates de las librerías, lo más prudente es retirarse a sus cuarteles de invierno y revisitar esas obras que, como tesoros y libros de cabecera, guarda uno en el sanctasanctórum de su biblioteca.
De ahí que, aprovechando que pronto hará un año del fallecimiento de Antonio Martínez Sarrión, poeta venerable, intelectual preclaro y prosista único, tenga la osadía de proponer la lectura (o relectura) de su autobiografía a quienes, «hartos de tanta farsidia» (que hubiera dicho Muñoz Seca), busquen algo más que el clásico divertimento estival.
Son muchos los lectores que ignoran, o apenas recuerdan, que en 1993 veían la luz casi al unísono dos autobiografías de altura en el panorama literario español –Infancia y corrupciones de Martínez Sarrión y Tranvía a la Malvarrosa de Manuel Vicent (ambas en Alfaguara)– y, cinco años más tarde, en 1998, Una juventud (segunda parte de la autobiografía del albacetense). Tres obras maestras de un género narrativo escasamente cultivado en nuestras letras (excepción hecha de Coto vedado de Juan Goytisolo), lo contrario que se aprecia en la literatura inglesa y, sobre todo, francesa (no olvidemos que el inventor de la autobiografía pura es Rousseau, con sus Confesiones), y ello por una razón esencial, apuntada por Ortega y Gasset, y es que para el español, hablar de sí mismo, a menudo, como diría mi amigo Enrique Cantos, es como soportar un terrible dolor de muelas.
De ahí el incontestable mérito de Infancia y corrupciones, un auténtico lujo para Albacete –ciudad de la que siempre se sintió orgulloso Martínez Sarrión–, hasta el punto de que debería ser lectura obligada en escuelas y especialmente institutos y facultades universitarias de nuestra ciudad. Siguiendo el modelo de La vida de Henry Brulard (esa brillante autobiografía de Stendhal que también termina a los 18 años con su alejamiento del hogar paterno, aunque por distintas razones), Sarrión se adentra en sus raíces familiares –Munera, la materna; y Vara del Rey, la paterna)–, en busca de esos ansiados orígenes, esenciales para quienes desee conocerse, antes de que sus padres aterrizaran en Albacete, justo en la Plaza Mayor, donde nacería el futuro escritor, en 1939, a tan sólo unos metros donde bastante décadas antes naciera don José Prat, que por aquellos años penaba en su exilio.
Como muy bien me confesó al autor con esa campechanía tan suya en el momento de la aparición del libro: «los que no somos Baroja, ni Unamuno,  ni Ferlosio, ni Cela, y nos atrevemos a contar nuestra existencia, debemos tener muy presente que el libro que escribimos tan sólo pervivirá por la calidad de su prosa». Y qué razón llevaba. Independientemente de la magia del universo albaceteño que con inigualable maestría describe (los capítulos dedicados al Instituto Bachiller Sabuco, con toda la fauna de profesores, bibliotecarios, compañeros, conserjes y hasta de aquel mítico Constantino Jaén, encargado de la cantina, son únicos en su género). Todo un cosmos de la época pintado con trazo fino, exquisito, proustiano, que todo abarca, incluidos los perfumes, aromas y, por supuesto, el colorido. Pura magia.
E, incapaz de eludir la nostalgia, describe su pausado deambular, tímido y apocado, por aquel laberinto provinciano de los años cuarenta y cincuenta del que saldrá indemne y proyectado merced al descubrimiento esencial de los libros, verdadera obsesión, junto con la radio y el cinematógrafo. Un libro, pues, que contagia como pocos, que absorbe como muy pocos y que constituye una auténtica lección de añoranza para quienes tenemos la certeza de que nada como la intrahistoria (que decía Unamuno) para conocer el mundo y la vida de los pueblos, tal como eran, tal como éramos. Y pensar que gran parte de ese mundo y de esa época, incluido el propio autor, lo ha devorada la tierra…  Nos queda, empero, la palabra…