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Juan José Laborda

RUMBOS EN LA CARTA

Juan José Laborda

Historiador y periodista. Expresidente del Senado


Una biografía de Churchill

30/01/2022

José Ignacio Domínguez García de Paredes, en su libro W. Churchill, el político bipolar (en prensa), describe al gran estadista como una gran personalidad que se fundió con los acontecimientos de su época. Hay que retener que su vida política fue muy dilatada, desde 1900 hasta 1964, un poco antes de su fallecimiento, a los 90 años de edad. Durante todos esos años, Churchill ostentó el cargo de diputado, como liberal al principio, pero después de la Primera Guerra Mundial, como representante conservador, y en su momento, líder del partido tory. Fue un diputado cuya popularidad se sostenía por sus extraordinarias facultades oratorias, más que por su coherencia partidaria, y por el éxito de sus escritos en la prensa periódica, por las intervenciones en la radio (especialmente durante la II Guerra Mundial), y también por sus libros, cuyas ediciones le depararon fama y dinero. 
El exhaustivo relato de la vida institucional y política de Churchill que José Ignacio Domínguez realiza, nos lleva naturalmente a pensar en el factor duración de los representantes elegidos de las democracias de nuestro tiempo. Mientras hoy la realidad es que la permanencia de los electos es más bien corta, consecuencia de la tendencia a prescindir de los veteranos, y así abrir oportunidades a los más jóvenes, la biografía de Winston Churchill, y de otros líderes mundiales de la época -como el norteamericano Franklin D. Roosevelt, o el sueco, Tage Erlander (primer ministro 23 años seguidos)- indica que su extensa existencia como representantes electos está relacionada positivamente con el hecho de que reformaron sus respectivos países con procedimientos legales y con acuerdos de tipo consensual. 
Este factor de la duración, en aquellos años, también estaba relacionado con el prestigio de lo juvenil, frente a la experiencia, en las tareas políticas. Churchill era un ejemplo de vejez característico de las democracias representativas, pues al comenzar la guerra tenía 65 años, mientras Hitler cumplía 50 años; Mussolini, 56; Hirohito, 38; el almirante Tojo, 55; y Franco, 47 años. 
Winston Churchill, en efecto, era un político que sólo el parlamentarismo británico podía dar al mundo. Aunque no pertenecía, por su fortuna, a la rama familiar más brillante, sin embargo, procedía, como es sabido, de uno de los linajes aristocráticos más conocidos de Inglaterra y de Europa. 
De las páginas del libro de José Ignacio Domínguez se pueden encontrar señales que nos muestran que, sobre todo, en Inglaterra (más que en las otras tres nations que constituyen el Reino Unido), la nobleza, más que la burguesía, dominó política y culturalmente la sociedad de la que Churchill fue su último gran representante. No me refiero sólo a la función de la Cámara de los Lores, cuyo ascenso y declive se contempla como un microcosmos, según las páginas del autor, en la evolución del más importante rival de Churchill, el vizconde de Halifax (1881-1959), el más influyente lord, partidario de entenderse con Hitler y con Mussolini, que no se atrevió a ser primer ministro en 1940. Creo que es significativo de ese mundo tradicional, en declive después de 1945, que Churchill rechazase un título nobiliario al final de su vida. 
Más allá del significado de una Cámara exclusiva de la aristocracia, el predominio de la cultura nobiliaria inglesa (y de la Iglesia anglicana), la deduzco de las líneas que José Ignacio Domínguez escribe resumiendo los rasgos más profundos del carácter de Winston Churchill: por una parte, soberbia, pero al mismo tiempo, una necesidad permanente de reconocimiento por los más próximos, por su familia, sus pares, pero también -y esa es su modernidad- por la opinión pública.
Ese oscilar entre la soberbia, actitud de los privilegiados con sus inferiores, y el reconocimiento, la necesidad de asegurar la aprobación de las personas comunes, en otras palabras, la oscilación institucional entre la Cámara de los Lores hereditaria y la electa Cámara de los Comunes, había sido el núcleo esencial del sistema Monárquico parlamentario que construyó, sin un plan previo para ello, la The Glorious Revolution of November 1688, la madre del cordero del modelo de gobierno electo inglés, el invento de la democracia parlamentaria y representativa. 
La infancia de Churchill, y su vida familiar, punteadas por sinsabores y desdichas, es característica de la frialdad afectiva, y la hipocresía, de la alta sociedad inglesa. También lo es su obsesión por tener dinero suficiente para mantener gastos elevados, por ejemplo, en servidumbre, que el rango exige. Como ese tren de lujos ya no se podía mantener como en el pasado, o se encuentra una solución al otro lado del Atlántico, como fue solución la madre de Winston, de rica familia americana, o se encuentran nuevos ingresos, pero trabajando con clase, como lo hizo el mismo Winston, escribiendo libros, el único oficio, junto con hacer la guerra, digno de un noble inglés; y Churchill ganó dinero en las dos dedicaciones. 
Esa antipática nobleza inglesa, que hasta habla un idioma distinto de los ingleses comunes, sin embargo, por avatares de la historia, encontró en las cámaras representativas de los estamentos -como las demás asambleas estamentales europeas- la única fórmula para limitar el poder soberano, sea el rey, o su gobierno. Cualquiera que haya visto alguna vez debates en las dos Cámaras parlamentarias en Westminster, comprenderá inmediatamente que el Parlamento allí no simboliza sólo la democracia, sino que por encima de todo representa al reino, la nación, o al Estado, es decir, el bien común (Commonwealth).