Editorial

La industria del fútbol debe aprender a negociar su viabilidad con solidaridad

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La Superliga se ha desmoronado en apenas 48 horas. La protesta de aficionados británicos y la vehemente reacción política de Boris Johnson, capitaneando una explosión de nacionalismo inglés en pleno Brexit, ha tumbado el polémico proyecto impulsado por doce de los clubes más poderosos de Europa. Básicamente, por no calibrar bien las consecuencias de una maniobra tan codiciosa y hostil. Quienes impulsaban esa elitista competición no ocultaban su intención de convertirla en un negocio acotado para intentar ampliar así los menguantes trozos de tarta de los ingresos en un contexto pandémico y tras años de desorbitados despilfarros. Presentar una iniciativa tan disruptiva como si fuese un golpe de Estado hasta ha convertido a la huraña y opaca UEFA -entidad que no se distingue por la pureza de sus actos- en defensora moral de la esencia de los clubes modestos. Porque lo que cobijaba el plan de los más ricos para salvar al fútbol era, en definitiva, un modelo insolidario donde primaba el negocio a cualquier otra cosa, incluso pisoteando un valor tan intrínseco al fútbol como es la meritocracia.

La Superliga nació coja, huérfana de los equipos franceses y alemanes, y ninguneando a casi todos los protagonistas del mundo del fútbol. Nunca se había visto una operación tan mal preparada: de un solo golpe los promotores fueron en contra de aficionados, jugadores, entrenadores, gobiernos e instituciones comunitarias. Ahora corre el riesgo de ser un bumerán para algunos de sus impulsores, pero fundamentalmente para el Real Madrid y para su presidente, Florentino Pérez, que ha pecado como nunca antes de soberbia, creyéndose capaz de desafiar de una vez a la UEFA, la FIFA y La Liga. Su imagen queda muy dañada. Una reacción tan hostil a la Superliga tal y como fue presentada era más que predecible. Era de esperar que los organismos internacionales del fútbol adoptaran una postura tan proteccionista para conservar sus monopolios. Más presumible era aún la airada reacción de los hinchas, sobre todo los británicos, que tienden a ser hostiles a la innovación y presumen de profesar el proteccionismo más arcaico. Aunque antes no han hecho ascos al capitalismo salvaje de los jeques y petrodólares que presiden muchos de sus clubes-Estado.

Al margen de su tufo a codicia, la Superliga tenía un innegable atractivo mundial, especialmente en mercados televisivos como el asiático. En lugar de morir aplastada de buenas a primeras, la idea necesitaría una reformulación y una renegociación. Hay que seguir explorando vías para convertir el fútbol en atractivo para el público y para la industria. Pero lo que surja de ahí nunca puede ser presentado como un atropello a los valores del deporte. Ya se ha comprobado que nadie puede robar la ilusión de que el dinero no lo es todo durante al menos 90 minutos. 



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