El joven Mozart trágico

Ilia Galán
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El joven Mozart trágico

Carsen y su 'Idomeneo, rey de Creta' naufragan en el Real gracias a su mezcla de telediario, moralina y Mozart, deformando la historia de griegos y troyanos en clave de refugiados

Gran abucheo con el estreno logró el director de escena canadiense en el Teatro Real. El público no es belicista ni aborrece a los refugiados: Idomeneo, rey de Creta se usó a modo de sermón visual sobre los refugiados, deformando la historia entre griegos y troyanos. Los predicadores cambiaron de credo y ahora forman una especie elitista bien pensante, sermoneadora. ¿Por qué cuando en un teatro público se abuchea una y otra vez cierto tipo de puestas en escena pseudomodernas y repetitivas hasta el hastío, no escogen otros directores? Importado de Canadá, ignoramos a buenos profesionales nacionales. ¿Por qué los grandes éxitos no se mantienen en cartel? Es la estructura contemporánea de nuestros subvencionados teatros sometidos a redes de internacionales (coproducción de Toronto, Roma, Madrid, Copenhage). Robert Carsen nos propone telediarios mezclando moralina y Mozart (El Oro del Rin, sufrió también desigual acogida). 
El sermón visual deforma el libreto de Varesco, recortado y adaptado por Mozart, a partir de un texto de Crébillon, sobre el perdón después de la guerra de Troya, donde la princesa se enamora de un vencedor y los dioses ceden por compasión, pese a los votos sagrados. 
Comienza con una valla como las de Ceuta y Melilla, con refugiados (prisioneros troyanos), vigilados por militares contemporáneos: los griegos de la Ilíada. Feísmo. El mar de fondo va cambiando a tormenta o a grisalla, muy logrado, recordando al Monje a la orilla del mar de C. D. Friedrich en no pocos momentos. Gran finura en el cromatismo de grises, sombras y uniformes caquis, lejos del cromatismo de los guerreros de la Hélade. La escena es una proyección cinematográfica con un campamento militar donde se emborrachan con whisky o la princesa Ilia canta admirando las flores de la playa cuando solo hay chalecos salvavidas tirados como despojos. 
El último acto, el más logrado desde el punto de vista musical y su acomodo dramático al texto, entre cubos en llamas, muestra una ciudad siria arrasada por la guerra, pero los griegos se despojan de sus ropas y metralletas para celebrar las bodas y la paz, convirtiéndose en civiles. Sin embargo, esta ópera de más de tres horas, con 170 personas en escena, de las que 100 no cantan, son figurantes -un derroche- se mueven bien acompasados; hermosa idea cuando Idomeneo se convierte en sombra cantando el aria: «Vedrommi intorno l’ombra dolente». 
La relación del rey y su hijo produce muchas teorías sobre la relación de Amadeus con su padre, preocupado por su futuro: la ópera era el modo de triunfar más fecundo. Había ya compuesto La finta semplice, pero la envidia de los músicos y el temor a ser desplazados por el muchachito frenaron su puesta en escena; al menos otra ópera, Bastián y Bastiana, pudo ser estrenada en casa del misterioso médico, Mesmer, que la había encargado (1768). Ese chavalín de 12 años arrebataría la escena poco a poco. El tercero de los viajes a Italia efectuados con su padre no fue solo como intérprete, sino como compositor. Consagrado académico en Bolonia gracias al asesoramiento del padre Martini, su ópera Mitríades, rey del Ponto sería un gran éxito (1770).  Nombrado caballero por el Papa que le concedió la Orden de la Espuela de Oro, la llegada de Schikaneder -el futuro libretista de La flauta mágica- a Salzburgo con su compañía le llevaría a concentrarse en la escena. En el verano de 1780 por fin recibió el esperado encargo de componer una ópera seria en Múnich, a donde se traslada con un breve permiso de seis meses para trabajar todo, cortando fragmentos, pues era muy larga. Ahí contaba con una de las mejores orquestas de Europa y utilizará más que nunca en sus otras obras los coros. Se estrenaría en 1781 con gran éxito para sus 25 años, aunque no se mantuvo tanto en cartel pues era demasiado original. 
de carnaval. Zambulléndose en el carnaval, hasta que el arzobispo le llamó a su lado a Viena, poco antes de su mutua ruptura. La influencia de Gluck, Piccini y Sammartini le permiten desarrollar lenguaje propio que ya esboza momentos del Don Juan, Réquiem... Clave en la producción de Mozart  que aquí se muestra a partir de su versión revisada, reestrenada en Viena, en 1786. 
La orquesta, dirigida por la expresiva gesticulación de Ivor Bolton, también al clavicémbalo en los recitativos, como hizo Mozart en su debú, ajustado a la época también con la instrumentación de maderas y vientos, recibió fuertes y merecidos aplausos. Gran ovación para Eleonora Burato (Electra), quien se suicida al final en su frustración, víctima de los celos, pretendiente al amor de Idamante y al trono. Su poderoso canto hizo sombra a los demás, sobre todo con D’Oreste, d’Aiace, mostrando una exacta técnica. Aunque Eric Cutler (Idomeneo) cantó bien, le faltó emoción. Neptuno resonó como un trueno fabuloso en Alexander Tsymbalyuk. Eleonora Buratto convincente y Anett Fritsch (Ilia) excelente en el cuarteto, que era lo que más gustaba a su creador, pero Idamante (David Portillo) sin potencia, quedó pequeño y poco expresivo como tenor, reducido el contraste con las otras voces en los tríos. Excelente el coro, mostrando maestría de máxima categoría. Maravilla.