Ramón Bello Serrano


La resaca

31/10/2020

La pandemia cabalga como plaga, abre capitulares nuevas, la conocimos en días más largos, cuando la vida fluye como votivas palmeras -fueron los tiempos en que los viejos rindieron el alma en soledad, lección que no apreciaron nuestros jóvenes borrachos- y ha terminado, la pandemia, por incorporarse al horario de invierno -la acedía del otoño y la noche obscura del alma-. Con la corta perspectiva -un difumino que parece trasudar el miedo que paraliza por cerval- uno mira la plaga como un castigo al que no seguirá penitencia: los valores de ayer perecieron y nos dejaron hasta peronismo en la Plaza de San Pedro. Cuanto más se vive más acaba uno estorbando y esto lo sabe bien la pandemia -no es culpa de nadie, el virus se yergue con la facilidad con que el aceite unta y unta, como un viático que acompaña a un mundo que no fracasa, que brilló en su tiempo y hoy es pasado, el destello que el viejo maneja y abre como un misal cívico y de cortesía, pero viático al fin, el empujón definitivo ( y quizá definitorio)-. La epidemia no es un sobresalto ni un paréntesis en el vivir que habríamos de recuperar tras derrotarla -llegará la vacuna, decimos; volveremos a nuestro modo de vida-. La pandemia es un modo de vivir y por ello demanda cosas nuevas y no antiguas. Marca el paso y abre camino religando a los jóvenes soldados de su tiempo -no a los estúpidos borrachos que llevan a las naciones al toque de queda (qué mayor prueba del final) desde la inanidad moral y desde la irritante respuesta de sus padres - muy pronto viejos. Naturalmente hay salvación en la pandemia y hasta triunfo colectivo o personal. No hay inconveniente en que algunos progresen en suspensos a costa del esfuerzo de los  aplicados -la historia (la que hemos dejado atrás) nos enseñó que los mejores no eran necesariamente los más sacrificados-. Pero todo triunfo necesita al hombre redimido y toda redención (de la moral o del arte) un terrible sacrificio. Han muerto los viejos en soledad para dar una oportunidad a tanto borracho irresponsable. Han cerrado con dignidad su tiempo cuando pudieron darnos un buen portazo. Los sacrificados han sido ellos y fueron tan generosos que curan la resaca de los otros.