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"Sigo creyendo que ir al cine es una fiesta"

Alejandro Gómez
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Eduardo Torres-Dulce, exfiscal general del Estado y crítico cinematográfico, recogió un galardón 'Cinemasmusic' en la Filmoteca

Eduardo Torres-Dulce. - Foto: Rubén Serrallé

Dentro de la programación de Cinemasmucic, Eduardo Torres-Dulce firmó ejemplares de su última obra, El asesinato de Liberty Valance, y otros libros antes de introducir la proyección del clásico de John Ford y recibir uno de los galardones, de manos del vicealcalde, Vicente Casañ. También atendió a La Tribuna para abordar algunas claves de esa película y su trayectoria profesional.

¿Qué supone un reconocimiento como el Cinemasmusic?

En este caso citaré a Billy Wilder, tipo ingenioso donde los hubiera, que utilizaba la cita bíblica que dice que es mucho mejor dar que recibir, para posteriormente trasladar al público que en ese momento ocurría justamente lo contrario.

Cuando reconocen cualquier trabajo o acto tuyo, es tremendamente satisfactorio. Para alguien que escribe ya es un premio que la gente te lea. Si al final hay un reconocimiento dentro de un ámbito como el de un festival de cine, es fantástico.

Su última obra es un profundo análisis de El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, ¿cómo afrontó este libro?

La idea inicial era de un libro menos voluminoso, pero fue creciendo porque, cuando admiras una obra, sigues volviendo a ella y encontrando aspectos interesantes y que te resultan novedosos.

Ante todo, quería que el lector supiese que la película viene de un cuento, de una estupenda escritora como fue Dorothy Johnson. También todo el proceso que va desde que John Ford lo compra, lo desarrolla con el guión, piensa en los actores y finalmente lo filma.

Antes, explico cómo yo conocí la película con 12 años, una Navidad en Madrid con mis hermanos, y cómo nos gustó tanto que llegamos a verla varias veces en días. Esa fascinación de unos chavales es un poso que queda para toda la vida y la justificación del libro.

Siguiendo el itinerario de la película, hablo de los personajes y los temas que se van suscitando en una película muy compleja, que puede entenderse como western y noir, que nos habla de las fronteras, reflexiona sobre la historia de Estados Unidos y sobre el conflicto que suscita la necesidad de violencia para imponer la civilización. También es un poderosísimo melodrama amoroso, en el que creo que el personaje más importante es el de Hallie, la mujer. Es una reflexión muy de John Ford, mostrar cómo las mujeres son los personajes más fuertes de la sociedad y los que permiten los cambios.

Con todo lo que ha cambiado la industria, ¿es posible un cine como el de John Ford en la actualidad?

No, pero no creo que ese sea un problema. Yo soy muy partidario del cine clásico, pero sigo viendo continuamente películas actuales, de la misma forma que siento admiración por el Siglo de Oro Español y eso no significa que no haya habido autores teatrales fantásticos posteriores.

Es cierto que, entre mediados de la década de los 20 y finales de los 60, hubo una concentración de talento y unas condiciones industriales que propiciaron una etapa fantástica en Hollywood, pero los cineastas de cada época son hijos de sus circunstancias y pedir que ahora se haga ese tipo de cine sería una exigencia absurda. Ahora hay creadores muy interesantes, como Wes Anderson o Cristopher Nolan, que se enfrentan al cine desde su realidad y su punto de vista.

Otros cambios, ¿sala de cine o plataforma de streaming?

Yo soy de los que sigue pensando que ir al cine es una fiesta, que es lo que ocurría cuando era chaval.

Procuro ir a las salas, porque creo que es el medio para el que se crean las películas, aunque no se pueden negar las ventajas que ofrecen otros medios para poder verlas en cualquier circuntancia.

En el plano más personal, ¿cómo ha podido compaginar su carrera en el Derecho con esta faceta de crítico y escritor?

Creo que la respuesta está en la educación que recibí. Tuve la suerte de asistir a un colegio donde la cultura era muy importante y, para mi generación, el cine era una vida de repuesto, tal y como lo definía Garci.

Además, y fundamentalmente, mi padre nos inculcó que, aunque hiciéramos lo que quisiéramos en la vida, mantuviéramos una presencia cultural.