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Antonio García

Antonio García


Publicidad gorda

20/06/2022

A poco que miren la televisión o los anuncios se habrán dado cuenta que empieza a ser habitual en ellos la inserción de mujeres gordas (la versión masculina es menos frecuente, o a mí se me ha escapado). Se trata sin duda de una nueva aportación a la corrección política o al buenismo ambiental que no quiere dejar fuera del pastel ninguna opción sexual, racial, o en este caso física. Las publicidades de lencería o ropa femenina, por su protagonismo colectivo, favorecen este cumplimiento de cupos. El mensaje es meridiano: también la gordura es fashion, también los gordos tienen -tenemos- derecho a exhibirnos sin complejos. Nada habría que objetar al bienintencionado mensaje si no fuera porque es falaz: ni la gordura es bella -al menos según los cánones estéticos actuales- ni es recomendable la exhibición con tintes positivos de modelos afrentosos para la salud, como no lo sería la exaltación de la delgadez extrema, vetada en los anuncios. Nótese que he dicho «gordas» y no rellenitas, curvys o diversas, porque lo que se reivindica es una obesidad sin subterfugios, una ostentación indiscriminada de arrobas, una apoteosis de la lorza; el eufemismo solo es aceptable hasta ciertas cotas, rebasadas las cuales se nos debería caer la cara de vergüenza. Mal que pese a los sociólogos/psicólogos de turno, la publicidad es un refugio contra la realidad circundante; no es un espejo sino una sublimación: queremos ver en ella tipos saludables, mujeres hermosas, hombres cachas, viejos dentados con hirsutas cabelleras, familias unidas en torno de una longaniza, todos con la sonrisa unánime de la ficción mentirosa. Para contemplar la realidad sin maquillajes, fea, gorda, decrépita, malhumorada nos basta con salir de casa o mirarnos en el espejo.